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Es un lugar común sostener que la filosofía, entendida como ejercicio crítico de la razón, se alínea siempre contra el poder y contra quienes lo detentan. Este lugar común debe, sin embargo, ser aclarado por las ambigüedades que todo lugar común conlleva y que están relacionadas con la historia moderna y la contemporánea del pensamiento occidental.
El pensamiento hegeliano fue el acta de nacimiento filosófico de la existencia de dos historias que, por más relacionadas que estuviesen, apuntaban radicalmente a destinos diferentes. Una de ellas miraba y mantenía el pasado, la otra irrumpía desde el futuro condenando irremediablemente no solo al pasado, sino también al presente. Y aunque Hegel en su último año de vida escribió melancólicamente que la filosofía, léase la razón, no era ninguna profetisa del futuro sino más bien una especie de búho de Minerva que vuela al atardecer cuando los acontecimientos se han consumado, esa división entre las dos historias, la que conserva y la que innova destruyendo, marcó la filosofía hasta mediados del siglo XX.
En su famoso libro Dialéctica de la Ilustración, publicado en 1944, los fundadores de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, cuestionaron la existencia de estas dos historias y mostraron las estrategias de dominación del poder que son desarrolladas en las sociedades sin importar la ideología de sus Gobiernos o sus pretensiones de estar a favor o en contra del cambio. El poder y su lógica de dominación no son asunto de la voluntad de los individuos ni dependen ingenuamente de las buenas intenciones de quienes lo ejercen, sino que son la puesta en práctica, destructiva, para la especie humana, del atropellamiento, la sumisión y el despojo de las libertades. Desde Dialéctica de la Ilustración, la pretensión de ser progresista o reaccionario para defender arbitrariedades es un chiste de mal gusto. "La excusa más miserable que los intelectuales han podido encontrar para los verdugos -y en el siglo pasado no han estado con las manos quietas- es la de que el pensamiento de la víctima, por el qu
e esta fue asesinada, había sido un error".
Michel Foucault no puede estar ausente de las discusiones sobre el poder. Precisamente, uno de sus grandes intereses teóricos fue la relación saber-poder. Foucault, como han señalado sus comentaristas, puso en duda la teoría clásica del poder según la cual un sujeto, un grupo, una clase, monopoliza el poder y lo ejerce verticalmente, de arriba abajo. Va a las instituciones, grupos sociales para elaborar una teoría de la acción entre sujetos. El sujeto es más bien constituido desde el poder; por ello, se ejerce además sobre los cuerpos para adiestrarlos. La consecuencia es clara: el poder como ejercicio de dominación desconoce las pretensiones liberadoras de ideologías totalitarias, de cualquier signo, que irónicamente sojuzgan en nombre de una libertad que pretenden instaurar.
Para Foucault, la melodía de las buenas intenciones ideológicas es la misma de la canción del verdugo.