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Transiciones árabes: dando lecciones

jueves 14 de abril de 2011, 15:51h
Actualizado: 18 de abril de 2011, 07:59h
La verdad es que no nos mereceríamos que dentro de tres o cuatro años  nuestros gobernantes nos digan que se habían equivocado,  que esta revolución árabe que vivimos ahora no era la esperaban, y que hay que recomenzar de nuevo. Ya hemos tenido esa experiencia con Irak y es muy posible que la tengamos también con Afganistán. Sería terrible que comenzáramos entonces  a dar nuevas lecciones de moral política a Islamabad, Teherán o Damasco, y que en tres o cuatro años sea allí a donde haya que ir a combatir al terrorismo, la corrupción, la mala gobernanza,   o a proteger a los ciudadanos de tiranos genocidas. Junto a la insistencia puesta en Libia, no se comprende muy bien por qué no se convoca al Consejo de Seguridad para pedir una resolución sancionadora contra Siria, en donde las fuerzas de seguridad  tiran a matar contra los manifestantes y  fusilan a aquellos soldados que se niegan a disparar contra su propio pueblo. La obligación moral es similar con Yemen, en donde sí que existe en la actualidad  una amenaza o al menos un santuario terrorista. Sé que Muamar el Gaddafi se ha comportado en el pasado como terrorista, que ha financiado a lo que llamaba legiones árabes para combatir a otros regímenes árabes que sinmotivo él consideraba distintos al suyo.  Pero se combate allí con un mandato de la ONU, una organización que componen 192 estados, de los cuales la Unión Africana,  53 estados, más de la cuarta parte de la ONU, ha llevado a cabo un intento de mediación y propuesto una hoja de ruta que ha sido olímpicamente ignorada por la OTAN.  Es verdad que la hoja de ruta africana, un alto el fuego para negociar, fue rechazada por el Consejo de Transición libio, pero es igualmente cierto que la exigencia de la reciente reunión del Grupo de Contacto sobre libia, reunido en Doha antes de ayer, de que se vaya Gaddafi, también la rechazan el interesado y sus partidarios.Convengo en que la palabra de Gaddafi no es fiable, que no merecería permanecer en el poder, y sobre todo que los libios no se merecen este calvario que ahora sufren, pero si aguardamos un par de semanas, mientras las huestes de Gaddafi masacraban a placer a su pueblo hasta disponer  de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad y del acuerdo de Estados Unidos, la OTAN y al menos varios países europeos más entre ellos España para intervenir, porque no hemos podido tratar con un poco más de politesse a la comisión mediadora de la Unión Africana que componían cuatro presidentes y un ministro. Para su tranquilidad y porque durante décadas han mirado para otro lado o fueron parte del problema, nuestros gobernantes sugieren  el discurso políticamente correcto a emplear  sobre estas revoluciones árabes: no se trata de revueltas del pan, se trata de revueltas por la democracia. Yo me pregunto si acaso en el mundo árabe, que ya se rebelaba por el pan en décadas pasadas, los pobres no son hoy más pobres, y los ricos más ricos que entonces. Los jóvenes que se rebelaron desde la Plaza At Tahrir hasta los barrios pobres y periféricos de Casablanca, en Túnez, Egipto, Libia, Siria, etc,  han dejado en el empeño un buennúmero de vidas humanas, pedían trabajo, libertad, justicia y democracia, lo que incluye pan, respeto, dignidad, e igualdad ante la ley. Las organizaciones islamistas han sido un actor esencial en las revueltas. A unos les parece bien y a otros les asusta. Lo que pueda resultar de su participación en democracia lo ignoro, pero parece claro que la gestión del conflicto árabe-israelí será con ellos más complicada. Se necesitan diálogos con el mundo árabe, no una alianza de civilizaciones buenista y agencia de colocación de políticos sin ubicación. Tenemos que rendirnos a la evidencia de que es el Islam, sin ismos de ninguna clase,  el que choca con la visión occidental del mundo. El diálogo es posible siempre que los árabes crean y así sea, que no encierra ninguna doble intención  en especial en relación con el conflicto árabe-israelí, que ha condicionado durante todo el siglo veinte y el actual la relación de Occidente con el mundo árabe-islámico, y la de los países árabe-islámicos entre ellos. Por lo demás el destino de las revoluciones es incierto. En Egipto puede ser escamoteada a los jóvenes de la Plaza at-Tahrir aunque se les haya ofrecido como carnaza enjuiciar al expresidente Mubarak, que ya ha evitado la prisión con una oportuna hospitalización, y a algunos otros altos prebostes de su régimen que tienen que someter a juicio unos militares a su vez parte del sistema Mubarak. En Túnez la transición está también en manos de políticos tradicionales. Allí se les ha ofrecido como anzuelo la paridad entre hombres y mujeres en las listas partidistas de las próximas elecciones de junio. Pero aunque esa paridad es un logro importante de la mujer tunecina, por sí sola no constituye una garantía democrática. En todo el mundo árabe, y Marruecos ha dado ya varios ejemplos, las organizaciones islamistas han podido con frecuencia superar en militancia y número de afiliadas a los paridos aconfesionales. La revolución en Libia depende de la coalición internacional; en Egipto y Túnez, de dos procesos electorales, en septiembre y junio respectivamente, para elegir asambleas constituyentes que reformen las actuales constituciones, y luego de otros dos procesos referendarios que aprueben las constituciones propuestas. En Marruecos ocurre lo mismo: el proceso de cambio está en manos de políticos tradicionales, y la reforma de la Constitución y la regionalización, está encomendado a dos personalidades que responden directamente ante el rey. En Argelia no hay fecha fija para cambios y el Presidente Buteflika se ha guardado muy bien de suscitar excesivas esperanzas que seguramente no toleraría el Ejército, el poder detrás del poder desde el golpe de Estado que llevó a Huari Bumedien a la presidencia en 1965. El caso de Jordania es parecido aunque más complejo que el de Marruecos, por su situación geográfica y su composición demográfica. En los países del Golfo es cosmética política lo que está en marcha, como las municipales saudíes, pero dado el estado de la economía mundial y la crisis, lo último que desearíamos es una inestabilidad en esa región tan importante del mundo. * Domingo del Pino es especialista en el mundo árabe, ex delegado de la Agencia EFE en Marruecos, ex corresponsal de El País para el Norte de Africa, fue miembro de la Euro Med and the Media Task Force de la Comisión Europea y, actualmente, es miembro del consejo editorial de la revista bilingüe Afkar/ideas; colaborador de Política Exterior y Economía Exterior; de la Revista Española de Defensa; y director del Aula de Cooperación Internacional de la Fundación Andaluza de Prensa.
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