La historia se repite una y otra vez. Las agencias de publicidad y los canales encuentran en la tricolor el mejor argumento para que veamos los partidos y lo hacemos como si supiéramos el final, pero algún detalle nos detiene y nos llena de ilusión, aunque después los resultados siempre son calcados de las últimas campañas en los últimos doce años.
Y al final no queda sino echar manos a las consabidas frases de que “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, “merecíamos una historia mejor”, “nos faltó actitud”, “nuestro problema es siempre la última puntada”, “perdimos otra vez, pero esta vez no fue goleada”, con la variante de que esta vez estuvimos a seis minutos de la hazaña.
Es un guión que se parece al mito de Sísifo, pero al revés: subimos paso a paso la montaña sin ninguna carga en los brazos, pero cuando estamos a punto de tocar la piedra de la gloria nos caemos estrepitosamente subidos a ella.
Al final todos sabemos, o al menos sospechamos, cual es el verdadero problema de nuestro fútbol profesional, y de eso es muy feo y reiterativo escribir. Podríamos argüir, en defensa de los muchachos de la verde, que nuestra participación en esta Copa América estuvo teñida por las noticias que mandaba el señor Joseph Blatter desde el que fuera, según dicen los libros de historia, el territorio neutral en la guerra. Podríamos señalar el alboroto que armamos y el ruido estrepitoso que nos hizo olvidar las nueces en casa; podríamos decir también que la gran mayoría de los muchachos promete dar mejores cosas para los días que vendrán.
Más: que todos los potenciales conductores del equipo están haciendo sus primeros pininos, a pesar de que raudamente se acercan a la treintena de años. O decir que los comentaristas deportivos en la televisión jugaron su propio partido con los mismos resultados, pero con marcadores más pobres que la prometedora escuadra nacional, a la manera de un coro agorero machacándonos a nosotros con lo que debería hacer el ‘Platiní’ Sánchez. Imagínese usted ser despertado por un coro que le canta las mañanitas con la boca llena de hamburguesa.
A lo mejor por eso hay que tomarlo con dignidad y con altura.
Marcos Loaysa es Director de Cine. Extractado de la edición de El Deber