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Sin dormirse en los laureles

martes 13 de septiembre de 2011, 08:45h
Actualizado: 13 de septiembre de 2011, 08:51h
    Mientras arrecia la crisis económica  (Grecia, el IBEX, las Bolsas, el desastre…) vamos a hacer un paréntesis, y no por utilizar la táctica del avestruz de esconder la cabeza debajo del ala sino por oxigenar un poco el ánimo y por no enredarnos en el mono-tema obsesivo de que todo o casi todo va mal aunque, por desgracia, sea cierto.     Para vivir, para afrontar las dificultades, para estimular el ánimo y para cargar las pilas hay que hacer algo tan necesario y tan elemental como dormir bien. Y antes a eso se le llamaba “dormir como un niño”. Pues bien: según un estudio de las universidades Autónoma de Barcelona y Ramón Llull, los niños españoles están entre los que menos duermen de Europa, entre seis y siete horas diarias, siguiendo el mal ejemplo de sus padres. Y también bajo la dictadura de la televisión y de los videojuegos.     De Europa muchos españoles urbanos están aprendiendo, a la fuerza, a madrugar. Las gentes del campo no necesitan esas enseñanzas porque ya nacen aprendidos. Pero a lo que no nos hemos acostumbrado es a acostarnos pronto, no como las gallinas sino como los madrugadores de nuestro entorno. Todo ello produce, tanto entre los niños como entre las gentes maduras, un déficit de sueño que tiene consecuencias negativas.     El país que inventó la siesta  (a la que Camilo José Cela llamaba “el yoga ibérico”, y que practicaba con pijama, padrenuestro y orinal) es el país que peor duerme de Europa. Un español racial, como don Miguel de Unamuno, dormía unas diez u once horas cada día, y algunos de sus discípulos se lo reprochaban... “Es una pena, don Miguel, que un genio como usted pase media vida durmiendo”, le decían. Y él replicaba: “No se preocupe, amigo, que aunque a su juicio duerma mucho…, cuando estoy despierto estoy más despierto que usted”.     Con la que está cayendo en España y en el mundo, no están los tiempos para dormirse en los laureles. Pero sí lo están para que hagamos caso a los científicos, para que aprendamos a dormir lo suficiente, y para que enseñemos a los hijos o a los nietos a dormir lo justo para despertar no a la pereza ni a la somnolencia sino a la luz y a la alegría. Dentro de lo que cabe, naturalmente.
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