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El revoque tapa todo

El revoque tapa todo

martes 20 de septiembre de 2011, 17:47h
 “El revoque tapa todo”, suelen responder los aprendices de albañil cuando se les señala, en el medio de una obra en construcción, la irregularidad de las paredes que están levantando. La frase, expresión de la falta de rigor profesional y el desinterés por la calidad del resultado final, hace referencia a la posibilidad cosmética que permite el revoque, cuya finalidad es esencialmente estética, de ocultar las fallas estructurales que pueden provocar, al final, consecuencias graves. Algo similar ocurre en el debate político-social cuando una cobertura final agradable impide ver lo que existe debajo. El alto consumo, que de eso se trata en nuestro caso, dificulta de tal forma el cambio de opiniones sobre la marcha real de la economía que los debates se convierten en un diálogo de sordos. Si esa situación es grave de cara al futuro, cuando se da en momentos electorales resulta caricaturesca. El revoque tapa todo, y a sus efectos cosméticos se aferran los protagonistas beneficiados con el statu-quo para silenciar con la invocación a la “realidad” los profundos interrogantes sobre la solidez de la estructura que se está levantando. “¿Por qué vamos a cambiar, si así andamos bien?” se convierte en la frase paradigmática, terminante, que cierra cualquier cuestionamiento. En todo caso, la reflexión debe apuntar a la responsabilidad de los protagonistas del escenario público al participar de ese debate. Una actitud puede ser sumarse al alegre jolgorio del consumo adictivo, frente al temor de que una toma de distancia pueda afectar la receptividad de su mensaje, y como consecuencia de su chance electoral. Otra, alertar sobre la endeblez de la construcción efectuada, y el señalamiento claro de las opciones para evitar los daños que su sentido común y conocimiento de los hechos terminen potenciando las consecuencias catastróficas a las que puede arribarse de continuar el rumbo. La primera actitud tiene su atractivo, fundamentalmente no enfrentar “la corriente”. Pero olvida no sólo la responsabilidad ética del discurso político, sino una razón más práctica: si todo anda bien en lo central, no hay razones para cambiar. Difícilmente pueda ser exitosa una propuesta de cambio de conducción cuando los ciudadanos perciben que las cosas funcionan, y quienes le piden el cambio no parecen hacerlo por otra razón que por ser titulares del timón, ya que en lo central están de acuerdo. Esta actitud tiene otro efecto dañoso: el empobrecimiento del debate político, que oculta –o no acerca- a los ciudadanos la totalidad de la información y argumentos para evaluar la marcha de la sociedad. Salvo que, efectivamente, se coincida con esa marcha. Y ahí llegamos a la segunda actitud. Señalar la debilidad estructural de lo que ocurre implica necesariamente ofrecer un camino alternativo. Ese es un desafío que difícilmente pueda encararse en la inmediación electoral, si no se lo ha construido con compromiso y coherencia en la etapa entre-elecciones, vale decir si no se cree en él. Aunque siempre sería mejor hacerlo antes que seguir a la manada correteando ingenuamente hacia el precipicio. HIper-consumo e inflación son una conjunción adictiva. Son el síntoma más claro que una sociedad está privilegiando el gasto por sobre la inversión y la producción, el presente antes que el futuro. Se está “comiendo el capital”, como los herederos que de pronto reciben el legado de una empresa en marcha y creen que toda la facturación y capacidad de endeudamiento es rentabilidad que se puede gastar sin límites, olvidando costos, amortización, previsiones para imprevistos, impuestos… Una inflación de 25 o 30 % anual, 20000 millones de dólares –un tercio del circulante casi el PBI del Uruguay en un año…- retirados del circuito económico y evadiéndose de la economía en blanco, un presupuesto público que destina a subsidios indiscriminados otros 18.000 millones de dólares al año, la desconfianza creciente que coloca a la Argentina como la excepción entre los países en desarrollo en cuanto a la recepción de la corriente inversora que escapa de las turbulencias del mundo desarrollado y que coloca al riesgo-país en un nivel inalcanzable… son síntomas que no debieran pasar desapercibidos. Tanto como la grotesca y continuada concentración demográfica en la zona metropolitana, receptora no sólo de la migración interna tradicional sino atractora de personas de todo el entorno regional, que llegan desde países hermanos potenciando nuestra ancestral y dañina deformación estructural. Redes delictivas, carteles de narcotráfico, 50 % de los jóvenes sin horizontes, complicidades policiales, judiciales, gremiales, políticas y ahora descubrimos que hasta de organismos de derechos humanos aportando cada uno su grano de arena a la violencia en la convivencia, están construyendo un país con las paredes torcidas. Muy torcidas. Aunque la confusión lleve a percibir que todo está bien. Aunque el revoque tape todo.
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