Ando estos días de promoción de una novelita, El ejecutivo. Y perdonen ustedes la alusión. Pero las sucesivas entrevistas de mis colegas reiteran la misma cuestión: ¿en qué se parecen el periodismo y la literatura? Así que no he tenido más remedio que reflexionar sobre el tema, hábito que ya anticipo que uno practica menos de lo que debiera.
Ambas actividades conviven sin conflicto, al menos desde Emile Zola y su apasionado J’Acusse en defensa del capitán Dreyfus, injustamente acusado de traidor en 1898. Probablemente, sin embargo, la coyunda, legítima o no, arranca de mucho antes. Porque, vamos a ver, ¿qué entrañan los constantes rifirrafes entre Rodríguez Zapatero y Marino Rajoy sino la pugna del poder, la ambición, la envidia y demás grandes pasiones humanas desde que el mundo es mundo?
¿No recogía ya esas poderosas emociones William Shakespeare, sin ir más lejos? En ésas estamos. En descubrir qué resulta más verdadero, si la prosaica realidad o su fabulación. Así que cada vez es más difícil discernir una de otra. Por eso, también, proliferan los escritores de primera, como Juan José Millás, Juan Manuel de Prada o Manuel Rivas, sin desmerecer a otros, que se ejercitan habitualmente con artículos periodísticos.
Supongo que la diferencia de ambos géneros sólo es una cuestión de estilo, de óptica y hasta de lenguaje. Uno se aproxima a la realidad informativa de frente y por derecho, como en los viejos manuales taurinos. La literatura, en cambio, permite una mirada oblicua y envolvente y no exige tener que demostrar ante los tribunales lo que uno imputa a sus personajes.
A veces, ya ven, uno debe recurrir a la metáfora literaria cuando la realidad oculta sus perfiles más hoscos. Por ejemplo: ¿podría decir uno tranquilamente lo que piensa sobre los chanchullos de muchos políticos de este país con nombres y apellidos? Ni de coña. ¿Podría opinar uno sin prejuicios sobre los contratos multimillonarios de directivos concretos de la banca, la industria o los servicios? Estaría empapelado judicialmente hasta las cejas. ¿Podría denunciar uno oscuras arbitrariedades laborales, con presuntos acosos, sádicos despidos y falsas regulaciones de empleo? Imposible de verificar.
Así que, ante esa realidad tramposamente evanescente, la literatura nos permite desentrañar sus claves, descubrir sus tapujos y desvelar sus enredos sin necesidad de acta notarial. Eso es lo que modestamente pretenden muchos periodistas mediante el artificio literario. Pero que no se confíen los poderosos, a cubierto en la presunta impunidad de sus maquinaciones: en cuanto esos mismos periodistas puedan hacerlo, les señalarán con nombres y apellidos hasta acabar con ellos. Y es que, con fantasía o sin ella, nuestra vieja condición humana sigue dejando mucho que desear.