
El sexo vende. A estas alturas de la película, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y despendolados niños y niñas que me leéis, eso ya no lo discute nadie. Pero, ¿lo hará también el porno? Esto es lo que se preguntan algunos. Os lo cuento como me lo han contado a mí.
Resulta que un vendedor de pizzas canadiense ha decidido incluir un ingrediente muy especial a esta populosa comida italiana. Porno Pizza, como se llama el establecimiento, que ya son ganas, entrega fotos pornográficas con cada pedido. Y lo cierto es que parece irle bien la idea a
Corey Wilderman, propietario del negocio que ha registrado un creciente éxito con su idea de tapizar el fondo de sus cajas de pizza con imágenes provocativas.
"Van desde fotos con un cierto contenido artístico, como las de la revista Playboy, hasta fotos mucho más hardcore (pornografía dura)", dicen que dijo el tal Wilderman. El pájaro pizzero explica que se descubren las fotografías a medida que se come la pizza. Vamos, algo así como hincarle el diente a una porción, por encima de la anchoa y la mozzarela, empezar a babear y, además, ver que por la parte de abajo igual sale el sector púbico de la señora fotografiada en bolas.
Por supuesto, pequeñines/as míos/as, la iniciativa no ha gustado a todo el mundo ya que desde cierto sectores más conservadores se teme que estas pizzas lleguen a manos de menores. Wilderman, quien ya está en negociaciones para abrir franquicias fuera de Canadá, ha afirmado que para poner en marcha esta novedosa iniciativa se inspiró en películas pornográficas protagonizadas por repartidores de pizza que acuden a la casa de mujeres solas. Por cierto, eso será en Canadá, porque entre las clases bajas hispánicas, las enfermedades del marujerío casero suele utilizar al repartidor del butano, en lugar del pizzero.
Como todo lo malo en este mundo hedonista y poco temeroso de Dios suele ser contagioso, pensemos que el ejemplo puede ser exportable a otras ramas del consumo. Sólo basta que un publicitario o un experto en márketing caiga en el detalle. Pensemos lo que sería que las chocolatinas, en la parte interior de su envoltorio, llevasen fotos pornos... Se dispararía el consumo de ellas entre los adultos del sexo masculino... Lo mismo sucedería con las conservas de almejas y de berberechos. Ahí es nada. Se abre la lata, y serigrafiado en el fondo, ¡zás!, primer plano de vagina femenina, abierta y en todo su esplendor... Ciertamente, la boca se hace agua... ¡¡¡Y no sólo la boca!!!...
De todas formas, es una lástima que ya no ejerza de estricta gobernanta en materia sanitaria
Elena Salgado. Podría reconvertir al Imperio del Bien esta libidinosa y oportunista iniciativa canadiense. Se trataría, por ejemplo, que en el fondo de las cajas de la pizza (acordados de cuando la ministra de Sanidad inició la Cruzada contra la Obesidad) apareciese la imagen de rollizas señoras o señores, rebosantes de michelines corporales, cayendo en cascada, hasta unos extremos de IMC (o sea, índice de Masa Corporal) que dejarían a la simpática
Teté Delgado reducida al nivel de anoréxica. Estoy convencido de que al consumidor de pizza se le quitaría el apetito.
En el fondo, sería como llevar al campo de los reflejos pavlovianos, los principios homeopáticos:
“aquello que mata, también te puede curar”. Eso sí, siempre y cuando se administre en las dosis justas.
Claro que la publicidad estimulante en el fondo de las cajas de las pizzas, no tendría efecto ninguno en el campo de la propagando política. Ahí Mr. Wilderman habría pinchado en hueso. Abrir el envase de una pizza a le tre formaggi, cortar la primera porción y descubrir en el fondo de la caja el bigote de
Aznar o las cejas circunflejas de
ZetaPé es toda una invitación a la inapetencia y al ayuno voluntario. Eso como mínimo. Porque las arcadas serían casi instantáneas.