www.diariocritico.com
Hombre con cicatriz en la calva

Hombre con cicatriz en la calva

lunes 30 de julio de 2007, 14:50h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:26h
Moncho me fue contando su vida en una cena. Era una mesa de ocho personas, él estaba a mi lado. Una paella nos brindaba la felicidad que otorga el vino y el afecto. Cerca de cien personas comíamos esa noche en el salón. Un ambiente cargado de voces, de gaitas, de risas.  Los niños corrían entre las mesas. Compartíamos platos de madera con pulpo, lo acompañábamos con pan. Había pequeños cuencos blancos donde bebíamos un vino muy similar al de la región, según Bernardo. En cada uno de los comensales  un pequeño secreto guardado, un secreto que tenía relación con el exilio, con fusilamientos, con el hambre, con la vida que debieron reiniciar en estas tierras. Detrás de cada uno el esfuerzo, el sacrificio, la honra. Sin ir más lejos estaba el ejemplo de  José. De niño nunca tuvo calzado. Descalzo a la feria, descalzo al bosque, descalzo cruzando el puente romano. En invierno apenas unas zocas rotas o un par de medias que se humedecían de inmediato. Por eso, cuando regresó a la aldea luego de treinta años, lo hizo con zapatos nuevos, de Guante, la mejor zapatería de Buenos Aires. Todos habían nacido en Betanzos, en Betanzos de los Caballeros. Ahora vivían aquí. Avellaneda, Sarandí, Remedios de Escalada, Lomas de Zamora… Los miraba en silencio y me sentía junto a mi familia, en la cocina de mis tíos, en el patio cargado de uvas de los primos.

Él me dijo que me sentara a su lado. Moncho me lleva dos décadas. Lo conocí poco tiempo después que edité mi primer poemario. Hace  treinta y cinco años, en el semanario Galicia, se publicó un artículo de dos columnas sobre mi libro. Lo firmaba Arturo Cuadrado. Me abrió puertas, conocí gente vinculada desde siempre con instituciones gallegas, viejos republicanos, hombres honestos y de los otros. La mayoría gente de bien. Empezamos picando unos quesos y conversando de la galleguidad. Recuerdo que  hice mención de Yunque, de Álvaro Yunque. En una oportunidad estaba con el poeta Lucas Moreno esperando a Yunque en un café de Corrientes y Maipú, un sábado por la mañana. Hablaron de poesía, de literatura, de política. Yo sólo escuchaba, era apenas un muchacho de veinte años. Entonces Yunque cuenta que de joven, con un grupo de amigos de Boedo, decidieron formar un equipo de fútbol. No sabían cómo llamarlo. Después de largas deliberaciones lo bautizaron Dostoievsky Football Club. Y fueron más lejos: las casacas serían negras, necesitaban transmitir la desigualdad social de la época de lo cual los escritores rusos daban ejemplo. Siempre me pareció maravillosa la anécdota, fantasmagórica.

Moncho se rió bastante. Le observé la cicatriz de la calvicie, recuerdo de un enfrentamiento policial en Buenos Aires. Bajo, vital, fornido, rubio, de ojos claros, sonriente. Un hombre noble, transparente. De joven  bailaba en los centros gallegos hasta la madrugada y aún lo hace   hoy con Lola, su eterna compañera de baile. Cumplió ochenta años y su esposa es una mujer inteligente y serena: Marta. Conozco a sus hijos, a su hermano. Conocí a su padre. Moncho, le dije, cada día que pasa te parecés más a él.  Sus manos son ásperas, encallecidas, y al mismo tiempo sensibles. Habíamos terminado de comer nuestro segundo plato de paella cuando me preguntó si sabía que por culpa de la religión no tuvo padre ni madre. Me sonreí y quedé en silencio mirándolo. No te rías, no te rías. Te voy a traer los documentos. De esto tengo que escribir algo, le respondí. Había sido marinero, conoció océanos y vidas prodigiosas. Vivió con intensidad, con pasión. Ha pasado largamente la medianoche. Abrazo a Moncho y me despido.

Ayer me acercó la Certificación Literal de Inscripción de Nacimiento de Cambados, provincia de Pontevedra. En ese escrito -amarillento, ajado- leo con emoción:  a las ocho horas del diecinueve de noviembre de mil novecientos veintiocho nace un varón “hijo de padres desconocidos”. Lo inscriben con el nombre de Ramón Fuentes Torres. En diciembre de ese año el niño es reconocido “como hijo natural” por su madre, Carmen Fuentes Torres, de diecinueve años, soltera, labradora, natural y vecina de Vilariño. El 28 de febrero de 1952, en Buenos Aires,  será reconocido “como natural”  por su padre, don Evaristo Portas Nuñez. A partir de ese momento se llamará Ramón Portas Fuentes.

¿Cuántas historias similares tenemos cada uno de nosotros? No sé dónde comienza la literatura ni dónde la naturaleza. Unimos sentimiento y lucha contra la opresión y el dogmatismo. Los sonidos de los cencerros invaden la memoria genética, los abrazos, los recuerdos. Miro la calvicie de Moncho con su cicatriz, ahora ligeramente burlona. Trasmitimos de generación en generación la ironía, una socarrona mirada, un andar que nos caracteriza. Todos somos hijos naturales
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+
0 comentarios