“Los de la villa, los villanos, en el más noble sentido, los burgueses si queréis, no estaban dominados y absorbidos por el forastero, el meteco, lo que luego y con palabra no vascongada se llamó maqueto ni por el jebo o bato, o dicho de otra manera, por el aldeano. Después la villa se ha hecho campo de Agramante, de maquetos y de jebos, de inmigrantes fuera de Vasconia y de aldeanos. Y entre unos y otros, que propenden al socialismo o al bizkaitarismo, el viejo liberalismo de la villa, de nobilísimo abolengo, aquel liberalismo que se nutrió de la revolución francesa y quién sabe si de la reforma de hugonotes y jansenistas, aquel liberalismo ha sufrido un eclipse. Los unos, los que llamábamos maquetos, sin raíces en la villa, han llevado a ella justísimas reclamaciones de un derecho universal, pero también una concepción económica y materialista de la vida, y los otros, los jebos, con ciertas reclamaciones, han llevado a ella sus mezquinos rencores y sobre todo una grotesca mentalidad que se apacienta en liturgia, ortografía, leyendas de contrabando y en el fondo una monstruosa vanidad rural de aldeano que se ha hecho señorito en la villa”. Las líneas anteriores fueron publicadas el uno de septiembre de mil novecientos diecinueve en la revista “España” por un individuo que nunca se consideró a sí mismo ni un maqueto ni un aldeano, sino tan solo un bilbaíno más, con todo lo que eso, entonces, comportaba de modernidad en una España, con perdón, vencida, anticuada, hambrienta, rural y analfabeta. Lo cierto es que dicho individuo nunca tuvo demasiada consideración en la villa que le viera nacer - tal vez por eso su busto ha sido varias veces lanzado a la ría bilbaína por quienes le consideran un traidor a eso que tan pomposamente denominan “el pueblo vasco” -, pero aún así, don Miguel de Unamuno, lucidamente nostálgico entre claustros salmantinos, tuvo la delicadeza de escribir algunas de las páginas más hermosas que escritor alguno jamás haya dedicado a Bilbao. – para comprobarlo basta revisar algunos artículos periodísticos como “Mi mirador de la Cruz”, “Rousseau en Iturrigorri” o “En mi viejo cuarto” publicados en diferentes revistas, tanto nacionales como extranjeras, durante los años 1907- 1909.
¿Qué ha sido de la villa que describía Miguel de Unamuno?. O dicho de otra manera, ¿dónde están ahora los liberales bilbaínos?: ¿tomando el sol en alguno de los pueblos del arrasado litoral mediterráneo, bebiendo cerveza en los húmedos pubs de los suburbios londinenses, haciendo dinero donde no les requieren una militancia nacionalista o pisando cáscaras de gambas los domingos por la mañana en los bares madrileños?. Resulta cuando menos sorprendente que siendo Bilbao una de las ciudades españolas (¿) con una mayor actividad económica, bienestar social y desarrollo tecnológico, numerosos ciudadanos y numerosas ciudadanas no integrados en el régimen nacionalista que gobierna Euskadi desde los inicios de la transición democrática, hayan tenido que emigrar hacia otros territorios para poder ganarse la vida ejerciendo profesiones tan diversas como la abogacía, la medicina, el periodismo, la ingeniería o la economía. Esta emigración de profesionales cualificados, junto con la huida de quienes fueron directamente amenazados por los terroristas, ha sido sistemáticamente ignorada por los sucesivos gobiernos nacionalistas – cuando no alentada -, tal vez porque siempre les ha interesado que estos bilbaínos no nacionalistas tuvieran que censarse en otras regiones españolas por motivos laborales; logrando, de esta manera, que ninguno de ellos pudiera ejercer su derecho al voto en el territorio histórico conocido como Euskalherria o Euskadi - dependiendo esto de la condición de cada cual, ya saben, patriota o ciudadano - . Hace ya tiempo que la “familia” nacionalista considera poco menos que insultante que aquellos que no pertenecen al núcleo familiar pretendan acceder a los puestos de trabajo que ellos se han reservado no solo para sí sino también para las generaciones que les han de suceder; o sea, para los bisnietos de Sabino Arana, los patriotas que condenan la Ley de Partidos, las ilegalizaciones del entorno de ETA, las supuestas torturas en las cárceles españolas y el constante acoso a las “actividades culturales” que se desarrollan en las herriko tabernas, pero que aceptan con toda naturalidad los votos de los representantes políticos del terror para así continuar manteniendo el control del dinero, los negocios, la educación, las instituciones, los empleos y los medios de comunicación públicos; en definitiva para mantener el control de todo lo que se hace, se dice o se piensa en la sacrosanta patria.
La historia cuenta que los liberales bilbaínos resistieron primero las machinadas, luego el asedio de los aldeanos iniciado en el año 1835, los bombardeos carlistas, el hambre, los cuatro sitios a la ciudad de quienes habían proclamado a Carlos María Isidro como el rey Carlos V, logrando romper el último cerco a la ciudad en el año 1874, con la entrada en la capital de las tropas liberales comandadas por el general De la Concha. Pero lo que la historia todavía no cuenta es que los aldeanos que se hicieron señoritos en la villa - los que ahora se autoproclaman a sí mismos como los vascos auténticos - alargando hasta el infinito los rencores, la ortografía y las leyendas del contrabando del larguísimo siglo diecinueve que todavía padecemos, finalmente, han logrado vencer la resistencia de los herederos de la revolución francesa y la reforma de los hugonotes y jansenitas. Sutilmente. Sin bombardeos. Tomando prestada la amenaza terrorista cada vez que les ha resultado conveniente, librándose de los maquetos merced a las sucesivas reconversiones industriales, falseando la historia a las desdichadas generaciones que nos han de suceder, negando la capacidad de los no nacionalistas para defender los intereses de Euskadi y copando todos los puestos de trabajo: los negociados de la administración pública, la televisión, las cajas de ahorros, los museos, las cooperativas, la universidad, las fiestas patronales, la devoción hacia la virgen de Begoña, el aburrimiento lluvioso y quinielístico de los domingos por la tarde y hasta la historia de un club, el Athletic de Bilbao, donde mi abuelo materno, por cierto, conocido como el “Bisagras”, riojano de nacimiento y santanderino de convicción, ganó la Copa del Rey, junto al mítico Pichichi, en el año veintiuno del terrible, añorado y fatídico siglo pasado.