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Empañar el cristal

martes 11 de diciembre de 2007, 18:19h
Actualizado: 21 de diciembre de 2007, 20:20h
Ser político no es una ocupación fácil; ni cómoda. Como le ocurre cada vez con más frecuencia a los médicos, y también a los profesores, todo el mundo se cree con derecho a juzgar el trabajo del político; sobre todo del que está en el ejercicio del poder.

Es verdad que hay parcelas que, vistas desde fuera, resultan muy atractivas: tener un coche oficial siempre en la puerta, entrar en los aeropuertos por la puerta VIP; poder conseguir entradas para cualquier evento, y además gratis, sólo con levantar el teléfono…
Pero toda cara tiene su cruz. La refriega política a veces se convierte en un “todo a cien” donde lo de menos es si el gato es blanco o es negro, siempre que consiga cazar votos. El ejercicio de la denuncia, el control sobre el trabajo del adversario, la necesaria fiscalización del poder se retuerce torticeramente en busca del mejor rédito político. Sembrar la duda se convierte entonces en el cultivo más improductivo que encontrarse pueda. Porque el cristal que se empaña los refleja a todos: da igual el partido, la ideología o la trayectoria.

Y enfrentarse al mundo, encarar a ese universo más cercano que todos –hasta los políticos- tenemos –la familia, los amigos, los vecinos del rellano, el portero, los compañeros del cole de los niños ..- resulta muy duro cuando uno lleva encima la sombra de la duda. Duda a veces no sustentada en pruebas ni apoyada en investigaciones; sólo dejada caer, como casi sin querer. ¿Quién limpia luego esas manchas? ¿Quién cura esas heridas? La política debería contarse entre las actividades más nobles del ser humano. Pero los primeros que deben contribuir a ello son los propios “profesionales del gremio”. Perro no come carne de perro. ¿No es así?
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