www.diariocritico.com
Una de botafumeiro

Una de botafumeiro

viernes 25 de enero de 2008, 20:53h
Actualizado: 28 de enero de 2008, 07:22h

No, si al final, Jaime Peñafiel, ese híbrido entre el Dómine Cabra y la señorita Rottenmeier, va a acabar teniendo razón cuando habla –digamos que mal— de los cortesanos. Porque TVE, hoy viernes, se reviste de chambelán y, versallescamente, se nos descuelga con un innecesario, por cursi y complaciente, reportaje sobre los cuarenta años de S.A.R. el Príncipe de Asturias. Manejando, sin rubor y sin pudor alguno, el botafumeiro mediático, cuarenta personajes conocidos de la vida española nos dan su particular visión de Don Felipe. Visto así, habrá que convenir que, desde la pequeña pantalla, al príncipe –posiblemente sin demasiado interés propio en ello-- se las ponen como a su tatarabuelo Fernando VII.


El heredero de la Corona celebra su cumpleaños el próximo miércoles 30 de enero. Es ya, incluso ahora en la época en la que los treintañeros –en el mejor de los casos, mileuristas- no abandonan el domicilio paterno, un hombre hecho y derecho, en mitad de su recorrido vital, casado, dos hijas y con serias responsabilidades institucionales (profesionales, sería mejor decir) que le marcan tono, tiempo y forma. Por razón de su nacimiento y del ordenamiento constitucional vigente, Don Felipe no es –por más que se empeñen el papel couché y la agencia EFE— un ciudadano corriente. Ni lo es, ni le (nos) conviene que lo sea. Digamos que esta condición le entra en el sueldo (sea cual sea la cantidad que, cada mes, le pasa su regio padre).


Treinta años de edad separan al padre de su hijo. Y eso se empieza a notar. Don Felipe, llegado el momento, lo va a tener con menos sobresaltos que Don Juan Carlos. Afortunadamente para todos, incluyendo, especialmente, al hoy heredero. El tránsito de un titular de la Corona al otro se augura bastante tranquilo, sin las excepcionalidades que marcaron, hasta bien entrados los años 80 del pasado siglo, el trabajo (mucho y, en conjunto, bueno) del Rey. Don Felipe será, por tanto y en su momento, la cabeza de una Monarquía parlamentaria, sin más tareas que las que le marca la Constitución, representando el conjunto del Estado, arbitrando, moderando y, sobre el papel y más efectos protocolarios que prácticos, ejerciendo la jefatura de las Fuerzas Armadas. Para ello, más allá de sus capacidades personales (que sólo están por encima de la media) son más que suficientes. Su formación, también.

Por suerte (y para desgracia de aduladores de todo pelaje y condición), el Príncipe de Asturias ni es un fuera de serie, ni puñetera falta que (nos) hace. Baste con que ejerza sus funciones con profesionalidad y sentido común, lo que está al alcance, por cierto, de millones de compatriotas. Ya se encargan las leyes de otorgarle a él y  su familia la protección debida. Si la Monarquía, no por anacrónica –que, en principio, parece serlo en el siglo XXI--, se ha manifestado como una institución útil para la España de los últimos 35 años, es en gran medida gracias al trabajo de Don Juan Carlos y, por descontado, al consenso y a la madurez de la ciudadanía. Por todo ello, Don Felipe lo tiene de dulce. Su padre le ha desbrozado el terreno y, en especial, habrá sido –y que lo siga siendo por muchos años-- su mejor maestro.

Lo demás, como hoy y en días sucesivos, son fastos mediáticos, flores de papel couché y papanatismo informativo, vaharadas de botafumeiro y, como tales, fácilmente prescindibles. Cumplir cuarenta años es siempre un hito vital para cualquiera. Incluso para Don Felipe de Borbón y Grecia, príncipe de Asturias. Pero es sólo una fecha, una efeméride personal. Con o sin –que muchísimo mejor— coros y danzas mediáticos, doblados reverentemente por la bisagra lumbar. 

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+
0 comentarios