Sus eminencias Rouco Varela, García Gasco y Martínez Camino están como locos por llevar a Rajoy a la Moncloa bajo palio. Sería como celebrar un Te Deum de acción de gracias por haber vencido en Santa Cruzada al infiel socialista. Hace mucho que a estos prelados se les ha quedado pequeño el calendario procesional de los tres jueves que relucen más que el sol y ya toman la calle en cuanto les place en concentración, manifestación o manifiesto, que todo vale contra el maligno.
A la calle que ya es hora porque cada vez hay menos gente que les escuche en la catedral de la Almudena o en torno al púlpito de sus iglesias en la dominical homilía. Estos pastores de rebaño cada vez más reducido se han tomado el derecho de perseguirnos por la calle como a ovejas descarriadas que nos hubiéramos escapado de su redil. Pero que nadie se engañe porque no están encendiendo ni una sola vela a Dios. Aquí no hay nada de santidad sino terrenal pelea por el poder, ponen velas al diablo del poder como en tantos siglos de la historia de la Iglesia. Les va el poder tanto como al maniobrero y maquiavélico Godwyn, prior de Kingsbridge, en el best seller de Ken Follet “Un mundo sin fin”. Reclaman para sí el poder de mandarnos como nos debemos querer, como casarnos o como educar a nuestros hijos. Parecen una comunidad de propietarios reclamando porque les hubieran incautado sus posesiones: el matrimonio, la procreación, la educación. Piensan que deben seguir siendo tan suyos como en tiempos de Franco y consideran que el mal menor para sus intereses en democracia sería que gobierne el PP, que si nos les devuelve las escrituras de esas propiedades al menos se las dejaría en usufructo. Por eso montan este Cristo.
Desde el fiasco de don Manuel Azaña que la pifió al proclamar en 1931 que “España ha dejado de ser católica” nadie se atreve a poner en su sitio a estos purpurados por miedo a ser tachado de irreverente. Y de ello se aprovechan. Cuando gobierna la izquierda logran que sea timorata y eluda la pelea. Por eso les llena las arcas de la Iglesia a consta del IRPF que también pagamos los infieles para que traguen con las leyes democráticas y permanezcan calladitos. Pero ni por esas. Hace más dos décadas en el entonces transgresor “Cambio16” presencié una de las broncas más monumentales a las que he asistido en esta profesión. El gran Juan Tomás de Salas en persona se la estaba montando a Félix Lázaro, entonces redactor jefe de la revista, y el más ingenioso autor de los mejores titulares de portada. Aquella semana habíamos salido a los kioskos con el titular “¡Vaya Cristo!” No había mejor labor de síntesis posible ni forma más entendible que el contenido de esas dos palabras para explicar la guerra que habían emprendido los obispos españoles contra la reforma educativa del presidente Felipe González, la famosa LODE. No es que Salas estuviera en desacuerdo. Pero tenía sus argumentos:
--- ¡Félix, en este país no se puede parecer irreverente, que nos comemos la tirada!
Llevaba razón el genial Juan Tomás, aunque entonces y ahora todos estamos equivocados: los irreverentes son los obispos al montar este pollo, lo suyo es irreverente con la democracia, con la libertad de los ciudadanos para elegir a quien le plazca para que hagan leyes que valgan para que todos, santos y demonios, tengamos los mismos derechos para vivir, amar o educarnos. Aquí quien rece tiene mil iglesias para hacerlo y debe entenderse con su conciencia por su forma de vivir. Pero los demás tenemos todo el derecho a organizarnos sin que cuatro ni cuarenta obispos nos amenacen todos los días con la condenación eterna. Que se vayan enterando.