Si hay unos cuantos términos que quizás permitan definir el tiempo que hoy vivimos, 50 años después de la muerte de Franco y de la designación de Juan Carlos de Borbón como su sucesor a título de Rey (una decisión que Francisco Franco tomó años antes de morir), esas son polarización, crispación e indignación. En otras palabras, nos encontramos en las antípodas de la reconciliación y el consenso que, acaso sean también, los dos términos que pueden definir el periodo democrático que los españoles hemos vivido desde que se aprobó la Constitución de 1978. Todo esto ha cambiado fundamentalmente en los últimos siete años, los que están ligados a la etapa de gobierno de Pedro Sánchez, aunque para determinar sus precedentes haya que mirar también muy de cerca al periodo de José Luis Rodríguez Zapatero (2004/2011).
Efectivamente, simplificando mucho la cuestión, hay al menos tres aspectos de la política de Zapatero (ZP) que entroncan con la de Sánchez y que están en la base de la polarización en la que hoy está sumida la sociedad española: por un lado, el giro antiamericano que dio la política exterior de nuestro país tras aquel gesto de Zapatero el 12 de octubre de 2003 -poco antes de asumir la presidencia del Gobierno al año siguiente-, de permanecer sentado al paso de la bandera estadounidense. Por otro, el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña (2005), aprobado a instancias del entonces presidente de la Generalitat, el también socialista Pasqual Maragall, que contenía diversos aspectos de dudosa constitucionalidad. Y, en tercer lugar, el giro de Zapatero en la política antiterrorista, que incluía el diálogo directo con la banda ETA y que acabó con la declaración de un alto el fuego permanente de la banda a cambio de la constitución de una mesa de partidos vascos en la que estaría representada la ilegalizada Herri Batasuna (hoy EH Bildu), que enfrentó a los dos grandes partidos nacionales (PSOE y PP), al haber roto unilateralmente ZP el Pacto Antiterrorista que las dos formaciones habían suscrito en 2000.
Y de aquellos barros, hoy nos encontramos metidos de lleno en estos lodos de la polarización y el enfrentamiento sociales que Sánchez ha propiciado abiertamente desde el primer momento de su acceso a la presidencia del Gobierno en 2018, y que a mitad de su segunda legislatura en el poder, no solo no ha abandonado sino que sigue atizando en cada uno de sus gestos políticos.
En el 50º aniversario de la muerte de Franco, y de la entronización de Juan Carlos I, aparecen extrañamente unas memorias del emérito que, sinceramente, no sé muy bien a quién pueden beneficiar en plena y abierta hostilidad mostrada permanentemente entre Moncloa y La Zarzuela que la primera aprovecha (cuando no la provoca directamente...), para mostrar así la distancia sideral existente entre Pedro Sánchez frente a la figura de Felipe VI. Una inquina que, probablemente, se incrementa cada día que el uno no puede salir a la calle sin recibir todo tipo de increpaciones e insultos, mientras que el otro recibe muestras frecuentes de aceptación, cercanía e, incluso, cariño del pueblo español.
Pero el caso es que en esta guerra abierta entre el republicanismo acerbal de Sánchez y la situación de extrema ejemplaridad, debilidad y fragilidad de la monarquía en la que tiene que moverse Felipe VI, y más aún desde la abdicación de su padre, Juan Carlos I, no sé muy bien qué es lo que pretende este último con la decisión de escribir quinientas páginas de memorias en 'Reconciliación', ya publicadas en Francia y muy pronto también en España. Ya hemos ido conociendo buena parte de las afirmaciones del emérito, orientadas a poner en valor su indudable y decisiva contribución a estas cinco décadas de democracia y libertad en nuestro país y, al mismo tiempo, a intentar justificar sus debilidades (todas ellas en el orden financiero y de aventuras amorosas). ¿Y qué debiera pesar más ante los españoles en la balanza de su actuación como rey? A nuestro juicio, indudablemente lo primero, aunque esta última parcela ha sido y está siendo explotada al máximo por los antimonárquicos, empezando por el propio Pedro Sánchez, que es quien forzó en última instancia la expatriación "voluntaria" del monarca a Abu Dabi.
Pesan mucho, no obstante, sobre la figura de Juan Carlos, los 100 millones de dólares recibidos de la familia real saudí, teóricamente en forma de "donación" y no de comisión por la llegada del AVE a La Meca, un "regalo" que nunca ha declarado a la Hacienda española. No sé si más o menos que esa colección de amantes, de Bárbara Rey a Marta Gayá, coronada por Corinna Larsen que, probablemente, supuso el fin de la autocensura de la prensa española en torno a la figura de Juan Carlos. Su cacería en Botswana en 2012 fue el principio del final de su reinado porque dos años más tarde abdicaría en favor de su hijo Felipe.
No faltan tampoco en el libro los reproches del emérito a la reina Leticia, los silencios sobre la princesa Leonor o sobre su posible y anhelada vuelta a España, "a casa". Por el momento -y no se atisba cambio alguno en el futuro inmediato...-, no parece que vaya a haber cambio alguno ni en el Gobierno ni en Zarzuela cuando ni siquiera se le ha invitado a la celebración del 50º aniversario de su propia coronación.
Las últimas encuestas aseguran que la mayoría de los españoles (52%) votaría por mantener la actual monarquía parlamentaria de celebrarse un hipotético referéndum pero, al mismo tiempo, el sentimiento republicano sigue siendo elevado en el país (43%) y la mayoría de los ciudadanos no le perdonan al antiguo jefe del Estado sus errores.
Pero en este ambiente de constante florecimiento de casos de corrupción que salpican a la familia del presidente Sánchez y al PSOE, con sus dos últimos exsecretarios de Organización imputados judicialmente, cualquier fuego de artificio (desde los numerosos actos conmemorativos de la muerte de Franco hasta las memorias del rey Juan Carlos), son considerados con inmensa alegría por las huestes sanchistas, que piensan que toda cortina de humo es poca para cubrir sus vergüenzas, errores y abusos de poder. Y, desde luego, no creo que nadie pueda creer que su lucha para que la princesa Leonor acabe sucediendo a su padre en el trono sea tarea fácil para la Zarzuela.