El país casi se ha resignado a tener un Presidente insultador al constatar que de nada sirven los exhortos para que cambie. Algunos ciudadanos se consuelan con el argumento de que lo que importa es el cambio.
Pero aunque en efecto no esperamos una modificación, no podemos guardar silencio por nuestra parte cada vez que se profiere una nueva ofensa desde el Palacio de Carondelet, porque sería irrespetarnos a nosotros mismos y al País.
Esta vez el Presidente le ha dicho arpía a una señora, como respuesta al reclamo por una ofensa anterior. En un gesto de inmadurez impropia en un hombre adulto, se ratificó en los vejámenes anteriores y añadió uno nuevo.
Repudiamos este gesto y proponemos que en cada hogar se reflexione al respecto. Las nuevas generaciones, sobre todo, deben saber que no es así como vamos a construir un nuevo País, y que les toca a ellas promover dirigentes que no arrastren estos vergonzosos defectos.