I
Los resultados electorales del 8 de marzo que dejan en la presidencia del gobierno a Zapatero (PSOE) y en la oposición a Rajoy (PP) reabren la cuestión de los relevos generaciones; tema recurrente hasta la moda en los análisis políticos desde el fin de siglo pasado y albores de este. En esta ocasión con rapidez se ha concluido que “el ciclo de la generación Aznar ha terminado en el PP” (por ejemplo J. Ramoneda en El País) y este diario, muy orteguiano, anuncia que “el PP prepara el paso a otra generación”. De entre los hombres de Aznar, Rajoy sería el único sobreviviente.
En España aún se saca jugo a Ortega y Gasset (1883-1955) uno de los filósofos cuyas ocurrencias se han venido prestando bien al discurrir de analistas y políticos.
Para Ortega el concepto “generación” era el más importante de la historia, el “gozne sobre que ésta ejecuta sus movimientos”. Aunque no se comparta esta idea, se puede admitir que el enfoque generacional ayuda a reflexionar sobre algunos temas de nuestro tiempo. Ahora bien, la forma más directa de abortar esa posibilidad es convertir la idea en una receta mágica: el partido aumenta sus expectativas de voto si realiza un relevo generacional.
El “relevo generacional” como resorte del cambio ya tuvo buena prensa aplicado al análisis del ascenso del PP a su condición de partido más votado en la década de los noventa. Cierto es que solo con personalidades de otra generación (H. Mancha, Aznar) pudo romperse el techo de Fraga vinculado a su pasado franquista; régimen cuya deslegitimación era entonces, por su cercanía, más influyente que hoy. Aznar ganó a la tercera contienda (1989, 1993, 1996) y luego en el 2000, donde obtuvo mayoría absoluta, esta pudo consolidarse con nuevas generaciones, hechas políticamente en la democracia y no en el servicio a un régimen dictatorial, cuya iletigimidad quedaba desvaída en un pasado dado al olvido.
Aplicado al caso del PSOE una notable homogeneidad se produjo en los medios de comunicación saludando su XXXV Congreso (2000) en el que resultó elegido Rodríguez Zapatero como Secretario General; era el relevo de una generación de dirigentes políticos cuya fecha de caducidad se anticipaba. Y la nueva dirección rindió tributo a la importancia de la generación como “gozne”, portando ante la sociedad el estandarte del relevo generacional, y en el seno del partido utilizándolo como argumento de legitimación para desplazar a la generación de Felipe González.
Por las mismas fechas se saludó el relevo generacional que suponía la elección de Llamazares como líder de Izquierda Unida, considerando el hecho clave para el futuro de esta formación. Recordemos que tanto PSOE como IU, -que anunciaron su colaboración en la precampaña electoral de 2000-, obtuvieron magros resultados, abocándose a su crisis. IU tras 2008 está casi más hundida que tocada.
II
Con tales antecedentes cabe plantearse: ¿el cambio de generación en la dirección de un partido opera como factor de superación de sus crisis y de incremento del número de sus votantes?.
Puede operar en esa dirección pero también en la contraria. Admito que esto sea una obviedad; pero si es así, consecuencia lógica será admitir también que el “relevo generacional” no es por sí mismo un factor inequívocamente positivo; puede ser un síntoma más de agravamiento de la crisis que estreche la base electoral del partido.
La posibilidad de que el ascenso al poder, en el seno del partido, de otro grupo generacional pase a ser un factor inequívocamente positivo radica en su capacidad para emitir un mensaje, un proyecto (o como quiera que se le llame) portador de un significado común para el conjunto de las generaciones; depende de su capacidad para promover e insertarse, con destacado protagonismo, en un diálogo intergeneracional, del cual resulte una fuerza política mayor social y electoralmente.
Planteemos otra cuestión: ¿La tarea del diálogo intergeneracional solo puede ser cumplida por una generación que sea nueva en el desempeño del poder partidario?
Mi respuesta es negativa: También puede hacerlo, y en principio es más factible que lo haga, un grupo dirigente cuya composición haya interiorizado ese diálogo. Cuando la tarea recae en la generación que releva a la que anteriormente ejercía la dirección, es porque ésta no ha integrado lo que otras hubieran podido o debido aportar; ni se ha remodelado a sí misma cambiando sus líderes; ni ha conectado de forma nueva con sus bases; cuando ha gastado el crédito que tenía ante las demás y ante sí misma, cuando ya no es capaz de presentarse ante la sociedad como una opción que merezca ser ganadora y, en consecuencia, ha de ceder el testigo a la generación siguiente.
El análisis de la experiencia española mostraría que el partido que gana las elecciones no lo hace tanto porque haya producido un cambio generacional entre sus mandamases (aunque también) sino porque el grupo dirigente ha logrado dar un significado común, para varias generaciones, a su pretensión de ser mayoría electoral y de ser gobierno.
Las posibilidades de victoria electoral del partido en cuya cima se ha producido el relevo generacional están ligadas a la capacidad del nuevo grupo dirigente para establecer, desde el inicio de su trayectoria (que no solo de su ascenso a la dirección), un diálogo con todas las generaciones, contribuyendo con su particular esfuerzo a conservar, renovar y ampliar la base social partidista y electoral. Y con ello a vigorizar la democracia.
Así que no saquen consecuencias rápidas. Zapatero desde 2000 no dio impresión alguna de que le resultaría mas que necesario contar con sus antecesores; pero en la hora crítica de 2008 los ha tenido (ver por ejemplo González en Cataluña). Soraya Sáez de Santamaría, designada por el presidente del PP como portavoz de su grupo parlamentario, a la que la chunga machista ha nombrado como “la niña de Rajoy”, ha comenzado dando una muestra de cordura, al afirmar que contará con quienes tengan mas experiencia y también con los jóvenes que vienen de refresco.
La cuestión abierta es cómo arbitra este propósito el funcionamiento democrático del partido. O de modo mas general: como contribuyen los partidos políticos al imprescindible diálogo intergeneracional, cuyas condiciones de existencia han quedado alteradas radicalmente por los modernos medios de comunicación.