viernes 30 de mayo de 2008, 16:10h
No solamente ETA tiene que estar agradecida al lehendakari Ibarretxe. Yo también.
Lo de los terroristas resulta obvio. Dispuesto a ahorrarles trabajo, propone alcanzar sus mismos objetivos con menos coste y más a corto plazo. Y, aprovechándose de cuarenta años de terror, no formula ni una palabra de reproche a los etarras en el texto de su referéndum.
Mi gratitud es que, por fin, Ibarretxe se deja de ambigüedades al pasarse manifiestamente por el forro la resolución del Congreso español, la oposición explícita de Rodríguez Zapatero y hasta los resultados de las últimas elecciones generales en Euskadi. Maestro de una retórica sibilina y equívoca, empezó su camino hacia la secesión hablando de “convivencia amable con España”, contraponiéndola a “liarnos a tortas”, como si él fuese San Vicente Ferrer y “los españoles” una banda de facinerosos comevascos.
Ahora, ni eso. Ahora, ejecutará su farsa consultiva con apoyo de la rama política de ETA —léase Partido Comunista de las Tierras Vascas— sobre “el derecho a decidir de los vascos”. Epígono, a su pesar, de José Antonio Primo de Rivera, cree que Euskadi “es una unidad de destino en lo universal” que no admite más límites, ni por arriba, ni por abajo. Lo mismo que le importa un rábano que “la soberanía corresponde al pueblo español en su conjunto”, según reza nuestra Constitución, tampoco admitiría que, por ejemplo, Balmaseda ejerciera un presunto derecho a decidir si continuar o no perteneciendo a Euskadi.
Sólo decide, pues, quien Ibarretxe quiere y lo que él quiera. ¿O es que alguien cree que si alguna vez prosperase un referéndum independentista se permitiría realizar luego otro en sentido inverso? En cambio, de no salir una respuesta afirmativa, ¿a que el lehendakari seguiría haciendo consultas hasta que saliese el dichoso “sí”? Tan obvio como el huevo de Colón.
Claro que consultar a la gente aparenta ser algo beatíficamente democrático y exento de maldad. Pero según nos formulen la pregunta, los ciudadanos podríamos decidir la supresión de los impuestos, el ejército, los intereses bancarios y hasta el propio Estado, retrotrayéndonos a la ley de la selva. Por eso, arteramente, la propuesta de Ibarretxe viene a decir: “¿Me permiten intentar que todos dialoguemos y seamos buenos?”.
¡Toma!, seguro que sí. También a mí me aprobarían los ciudadanos si les consultase: “¿Me permiten que intente ligar con Claudia Schiffer?” Lo malo es que la decisión de ligar o no le corresponde a la Schiffer y no a ellos, lo mismo que la secesión o no, a todo pueblo español y no a una parte de él.
Por eso, por haberme mostrado esa extraña habilidad semántica, propia de un trilero del lenguaje, también le estoy agradecido a Ibarretxe, eximio practicante de la máxima perversión léxica.