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Patrioterismo(s)

Patrioterismo(s)

viernes 27 de junio de 2008, 23:18h
Actualizado: 30 de junio de 2008, 07:27h
Uno empieza a estar harto de las continuas invocaciones al patriotismo en nombre de las causas más baladíes. Que la selección española de fútbol hizo este jueves un partidazo de antología y ganó merecidamente la semifinal de la Eurocopa, pues ¡hala!, a dar vivas a España y mueras a los que no estén de acuerdo, bien  sea por empacho rojigualda, bien sea por algo tan simple como no gustarles el fútbol.
 
¿Que el lehendakari de los vascos y de las vascas, Juan José Ibarretxe ha sacado adelante en el Parlamento vasco su proyecto de consulta sobre la consulta que se debe hacer acerca del derecho a decidir y que esto, por aquello del respeto del principio de legalidad, obliga al Gobierno a oponerse y presentar recurso de inconstitucionalidad? Nada, que salga Iñaki Anasagasti y con él Los Cien Mil Hijos de Aitor, en plan coro de plañidera(o)s cabreada(o)s diciendo lo malos malosos que son todos aquellos que no ven claro la consulta de marras. Parece que el mero hecho de disentir o de no tener el privilegio de haber nacido en Euskadi/Euskal Herría transforma al común de los mortales en opresores del pueblo vascongado, cuyas raíces históricas se hunden en milenios anteriores a los fósiles de Atapuerca.

Son dos ejemplos casi simultáneos, al hilo de la actualidad, que vienen a demostrar de hacia dónde conducen los patriotismos exagerados, sean del signo que sean. Españolista o vasquista; galleguista o catalanista; barcelonista o madridista; de playa o de montaña… La cuestión es tener motivos –y si no los hay, se inventan— para complicar cosas que, de puro sencillas, resultan complicadas. Especialmente para mentes de raciocinio primario.

Situaciones que, no por reiteradas, dejan nunca de sorprender al pánfilo de este columnista, acostumbrado a ser el receptor de los dicterios de unos y de otros. “Rojo separatista de mierda, amigo de ETA, además de barcelonista”, me espetaron no hace un par de semanas en Rueda (Valladolid), tras oírme comentar que, a lo mejor, si Ibarretxe presentase la consulta ciñéndose a la legalidad vigente, por complicada que esta fuera –que lo es y mucho--, la cosa parecía bastante razonable. Apenas dos días después, en Miranda de Ebro, (frontera burgalesa con Álava), el macaco batasuno, al oírme hablar con un socialista vasco del último atentado de la banda,  me soltó: “Españolista opresor asqueroso, invasor de Euskal Herría. ¡Pedazo de facha!”. En ambos casos, uno ya prescinde de acordarse fecalmente de los progenitores de semejantes merluzos, situados en posiciones tan extremas que al final acaban siendo coincidentes. La imbecilidad, no por molesta, es delito.
Frente al patrioterismo de un signo, siempre surge el de signo contrario. No hay más que ver los comentarios displicentes, cuando no ofensivos, de soberanistas vascos, gallegos y catalanes sobre los aficionados que, en Austria, van de alegres forofos de la selección española de fútbol agitando los colores del equipo –coincidentes con los de la bandera común, eso sí-- son un atentado a la inteligencia y dan ganas de que los seres racionales corramos a apuntarnos al Proyecto Gran Simio.

Claro que, para compensar, los comentarios de quienes ven en una alegre y colorista victoria de la selección española la supuesta reafirmación de unidades (bueno, en realidad unanimidades borreguiles) patrias y a los disidentes como una peste antiespañola, indigna de vivir en lo que fue Luz de Trento y Asombro del Mundo, provocan vergüenza ajena.

Uno puede ser un excelente ciudadano siendo federalista, izquierdosillo y respetuosamente escéptico en materia de símbolos nacionales y anaorgásmico en materia futbolística (mal que le pese al verborreico José Antonio Camacho) y, pese a todo, considerarse buen español. O buen catalán. O buen gallego. O buen vasco. Y uno puede estos días ondear alegremente la bandera rojigualda, no como afirmación patriótica, sino como celebración colorista del buen juego de los chicos de Luis Aragonés, sin que por ello merezca las censuras de Anasagasti, Joan Ridao o Iñaki Urkullu. Especialmente si este uno –el cronista—, en otras felices ocasiones, ha hecho ondear con alegría y entusiasmo la azulgrana. Que es fútbol, sólo fútbol, nada más que fútbol… Y nada menos.
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