Durante la administración norteamericana lo impedían ciertas fronteras; ahora no hay excusa
Panamá tenía una quinta frontera, además de las dos con sus países vecinos y otras dos con los mares más grandes del planeta: el Atlántico y el Pacífico. Esa quinta frontera fue impuesta por los norteamericanos, que además de administrar el Canal que construyeron, plantaron su bandera en la Zona del Canal donde funcionó el Comando Sur, la fuerza vigilante para todo el hemisferio por debajo de la línea ecuatorial. Otras fronteras impidieron capitalizar el valor de la ruta interoceánica, como el sentido ‘non profit’ (sin fines de lucro) como funcionaba el Canal. La riqueza pasaba entre dos muros virtuales, y el territorio abierto solo recibía unas migajas.
La reversión del Canal a los panameños en 1999 y la ampliación en que están empeñados los panameños, brinda ahora enormes oportunidades de desarrollo y la consolidación de la vocación marítima del país. En las riberas del Canal empezará a desarrollarse un’cluster’ (conglomerado), para que la función de tránsito tenga sus correlatos comerciales e industriales.
Combustible, limpieza de cascos, alimentos, manejo de carga, medicinas, servicios, entretenimiento, comunicaciones y una multiplicidad de atenciones a los buques y sus tripulaciones, son algunas de las actividades que un conglomerado podría desarrollar. Pero todavía estos servicios están incipientes, desorganizados y en peligro de desaprovechar la estimulante oportunidad de inversión.
Se requieren políticas públicas, cultura de servicio, imagen de país, controles de calidad, incorporación de los productores agropecuarios y profesionalismo en todas las actividades que potencialmente llevarán al país a aprovechar, ahora que el Canal es panameño, todas las inimaginables ventajas de ser un país de paso, una encrucijada que aporta valor a las varias rutas navieras que sirve.