Abrazos, lágrimas de júbilo y notables ausencias se pudieron observar el viernes pasado, cuando la Asamblea Constituyente concluyó la redacción de los artículos del Proyecto de Constitución que deberá ser aprobado o no por el pueblo en referendo.
Luego vino el balance de fidelidades e infidelidades, que el presidente Correa hizo con su estilo peculiar, y poco a poco se filtraron noticias sobre lo “acalorada” que fue esa última jornada.
Una veintena de asambleístas, que se cobijaban bajo la bandera de Alianza País, según su líder tuvieron una conducta no apegada a los lineamientos del partido, sino al servicio de sus propias agendas. Correa les dio un primer “correazo”, calificándolos de divisionistas, y ufanándose del “triunfo” logrado al concluir la redacción del proyecto antes de la fecha prevista, pese a que “no contaron con mayoría”.
Pero a veces la historia nos juega una mala pasada. La nueva Carta Política, según algunos entendidos, nace con el “pecado original” con que lo hizo la de 1998. Es decir, cuenta con una parte dogmática notable por su originalidad, pero lastrada por una parte orgánica diseñada en su conjunto para afianzar en el poder, y por mucho tiempo, a Alianza País y sus simpatizantes, con el presidente Correa a la cabeza.
Ya está en marcha la maquinaria propagandística para inclinar al electorado por la aprobación del nuevo texto constitucional. El régimen correista apuesta con todos sus recursos por comenzar, con suficientes instrumentos legales, la construcción de eso que denomina “Socialismo del siglo XXI”. Todas las cartas están sobre la mesa, y el juego es peligroso.