Las encuestas revelarían poco o ningún movimiento en las preferencias, después del esperado debate entre tres de los trece precandidatos a presidente del PRD. Medidos de acuerdo a seguridad en sí mismos, Juan Carlos Navarro pareció una piedra estudiada en la mejor escuela de teatro, la que solamente balbuceó cuando fue preguntado sobre su salto del civilismo al torrijismo. Por su parte Balbina Herrera, aunque un poco menos segura, sigue siendo la que proyecta más confianza a los electores, además de golpear a Navarro al decirle que “el que pega una mentira en el rostro se le ve” citando al general Omar Torrijos Herrera.
El debate presentó un panel de tres conocidos ciudadanos, un ex ministro panameñista, un dueño de medios de comunicación y una galardonada ginecóloga-escritora, que concentraron sus preguntas en asuntos personales, temas dilucidados y preocupación por las evasivas en las respuestas de los precandidatos.
Si un marciano tuviera que elegir entre los tres candidatos, sin conocer sus pasados y sus personalidades, elegiría a Nito Cortizo primero, Juan Carlos Navarro segundo, y Balbina Herrera en tercer lugar. Pero las elecciones del 7 de septiembre no solo son en la Tierra, sino que son en Panamá, y entre perredés. Y por más que haga Juan Carlos Navarro, su lenguaje corporal, ese que se percibe pero no se puede descifrar –por lo menos en ciertos niveles sociales- le ha levantado una barrera infranqueable entre su palabra y la preferencia del electorado perredista. La palabra engaña; los gestos no.
La suerte está echada para el 7. Lo que queda por hacer hasta el 3 de mayo es rescatar a la ganadora de las tradicionales formas de la política, a pesar de que su tarea más delicada será fortalecer la unión del partido para vencer a la oposición en mayo de 2009. La esperanza depositada en ella es más que la que se deposita en el político tradicional, porque se espera ‘que la clase no traicione a la clase’.