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Fernando Jáuregui

Métodos para humillar a un inmigrante

Métodos para humillar a un inmigrante

martes 19 de agosto de 2008, 17:53h
Actualizado: 23 de octubre de 2008, 10:31h
Escribo esta crónica algo dolida  desde Ecuador, a donde he acudido a presentar el diariocriticodeecuador.com. Me complace, aun a riesgo de resultar un poco reiterativo, repetir que en Quito, como en Lima, o en La Paz, o en Buenos Aires, o en Medellín, o en México, o allá donde he ido, es grande el interés por una idea que, como la de la red digital iberoamericana, viene de España y constituye todo un proyecto de convivencia entre las dos orillas del Atlántico, sin prepotencias ni pretensiones ‘imperialistas’, vamos a llamarlo así. Primero, porque el único crecimiento real para España sigue estando en Iberoamérica, o en América Latina –hasta de la semántica hemos logrado hacer un conflicto—y pienso que la casi única vía de penetración de muchos países latinoamericanos hacia Europa pasa todavía por el ‘puente’ español. Y segundo, porque todos entienden que es urgente crear un lenguaje informativo común, en español, para evitar que nos sigan contando las cosas que nos interesan en otro idioma diferente. Debo decir que he encontrado en este lado del océano a mucha, mucha gente convencida de esta realidad, para mí insobornable e indiscutible.

Pero he encontrado también otras cosas menos reconfortantes. Por ejemplo, en Perú  --y no solamente allí--, ya lo escribía hace algunos días, he percibido cómo un sentimiento ultranacionalista quiere utilizar lo peor de un pasado lleno de claroscuros para arrojarlo en el presente a la cabeza de una España que, por supuesto, nada tiene que ver con la del siglo XVI, ni con la del XVII, ni con la del XVIII, ni siquiera con la del peor franquismo (parece mentira que eso aún haya que debatirlo). Creo sinceramente que la España oficial postula una relación nueva y mucho más positiva con los países de América Latina, y lo vamos a comprobar cuando comiencen las celebraciones conmemorativas del bicentenario del proceso de independencia de estas naciones.

Y, sin embargo, hay agravios en el alma de algunas poblaciones que me parece que no dejan de tener alguna, o mucha, justificación. Y no hablo ya de ciertos excesos –me parece que ahora no vigentes—propiciados por  el afan de rapiña de los responsables de algunas empresas españolas instaladas en suelo iberoamericano. No, ahora no hablo de eso. Pero sí pienso, por ejemplo, en el trato que se da a quienes aspiran, y recuerdo que escribo desde la capital ecuatoriana, a inmigrar a tierras españolas. O a quienes, sin pretender quedarse en esas tierras, simplemente quieren viajar por razones familiares, de negocios o por el mero placer de conocer un país al que, en el fondo, se tiene idealizado, aunque poco a poco algunos se vayan dando cuenta de que España no es el paraíso soñado ni la Meca deseada.

El trato a estas gentes es, cuánto lamento tener que decirlo, francamente malo. Los consulados españoles, en general, simplemente no responden o lo hacen de manera insuficiente e incompleta, dificultando en lo posible los trámites exigidos a quienes desean viajar a España. Y cuántas veces no se atiende a razones de peso: he conocido a una mujer, con un buen trabajo cualificado en Quito y sin el menor deseo de permanecer para siempre en Logroño, a quien se denegó un visado para visitar a su madre, a quien no ve desde hace diez años y que reside en la capital riojana, casada con un vinatero español.

Y he conocido también a una madre española que tuvo que repetir en Guayaquil la boda de su hijo con una joven ecuatoriana porque a los padres de la novia, gentes acomodadas, se les negó el permiso para asistir al enlace de su hija en Barcelona. Y he visto las colas a las puertas del consulado y he sabido del negocio de ciertas aseguradoras, que cobran –exigencia oficial— un buen montón de dólares a los aspirantes a viajar a tierras españolas y solamente les reintegran la mitad de lo que han pagado cuando se les deniega el visado. Y he visto el trato discriminatorio de cierta línea aérea a los pasajeros ecuatorianos con respecto a los europeos. Y he hablado con el propietario de un importante periódico quiteño que, empleando palabras bastante duras, se niega a viajar a Madrid a una importante reunión periodística internacional con tal de no tener que pasar por las pruebas de fuego que se le exigen para obtener el visado…

He visto y oído demasiadas cosas como para callarlas. Y creo que las autoridades españolas competentes, a las que se les llena la boca con protestas de defensa de los derechos humanos y con su rechazo a las directivas discriminatorias europeas, tienen que cambiar sus procedimientos. Ya sé que España no puede acoger a todos los inmigrantes que quisieran habitar esta tierra del viejo continente, ya no de tanta promisión.

Pero también sé que los inmigrantes que llegaron en busca de una vida mejor –y en ocasiones se encontraron una vida bastante peor que la que dejaban en sus países de origen—fueron decisivos para engrandecer la economía española y permitirle unas tasas de crecimiento que doblaba las de los países de nuestro entorno. Ni pido imposibles ni creo que fuese conveniente para nadie practicar una política utópica en cuanto a las acogidas de oleadas inmigratorias: no puede darse, ningún país podría hacerlo, la bienvenida a todos. Pero sí creo que se puede solicitar, o hasta exigir, un mejor trato y un mayor cuidado a la hora de ver quiénes quieren venir a visitarnos, por qué y para qué. Seguimos necesitando pensar en Iberoamérica como un todo si de veras queremos que esa idea iberoamericana sea una realidad consolidada. Mientras tanto, seguiremos anclados en el mundo de las bellas palabras y de los hechos algo más feos. Bastante más feos, cuando los miras de cerca.

:: Fernando Jáuregui (España). Director de Diariocrítico y de la Red Iberoamericana de Diarios Digitales.
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