La calzada de Amador, mejor conocida como causeway, es un botín para inversionistas de todas partes, que ven en la belleza del paisaje marino, las espectaculares instalaciones y la presencia de los enormes panamax, un lugar paradisíaco donde hacer dinero a raudales y rápido.
Para el desarrollo del área se diseñaron normas que nadie cumple, con agresiones al medioambiente que van desde rellenos enormes hasta la construcción de edificios que sobrepasan las alturas permitidas. De los casos más visibles, se cita el relleno que Jean Figali ha hecho por encima de toda las reclamaciones gubernamentales y de las instituciones rectoras del sector marítimo panameño. Figali parece protegido igual que los presidentes que salen con un manto que los cubre hasta que los posibles delitos hayan prescrito.
Otro proyecto que despierta la curiosidad es el de la empresa llamada Las Brisas de Amador S.A., que construye una especie de resort en la isla. Al paso que van, la densidad de construcción y ocupación de los edificios no dejarán un centímetro cuadrado sin construir. “Cuando a un proyecto de estos se le denuncia o acusa de irregularidades, morosidad o violaciones a las normas, su defensa consiste en amenazar con que se atenta contra la ‘seguridad jurídica’ y ‘ahuyentar las inversiones’, etc., etc., lo que parece dejar temblando a las autoridades, asegura el ingeniero Eduardo Esquivel.
Entre el auge inversionista, el ir y venir de ciclistas y trotadores, autos último modelo y deportivos, las ausencias notorias son aquellas familias de negros de El Chorrillo, jóvenes y hombres ya maduros que solían aparecer por las tardes con su cañita de pescar al hombro para pescar la cena, o simplemente a dar el paseo vespertino que aliviara la cotidianidad dura y amenazante del histórico barrio.