Los cambios deberán hacerse en democracia, porque gracias a ella es que quienes los promovieron lograron el éxito.
Como señalaban las encuestas previas al referéndum, el proyecto propuesto en Montecristi acaba de convertirse en la nueva Constitución del Ecuador. Luego de una intensa, voluminosa, costosa, áspera y abrumadora campaña a su favor, la mayoría de los votantes dio luz verde a una serie de transformaciones muy radicales, que nos encarrilan hacia lo que Correa y sus partidarios denominan socialismo del siglo XXI.
Otro capítulo de nuestra historia democrática acaba de comenzar, sobre la base de nuevas reglas y metas. Y con la misma responsabilidad con la que esa mayoría votó por la nueva Constitución, los ecuatorianos tendremos que asumirla, acatarla y hacerla cumplir. Como sujetos activos de derecho que somos todos, deberemos reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho que, como el de ayer, fue realizado libremente.
Esta Constitución comporta una manera diferente de entender los destinos del país y el ejercicio mismo de la democracia. Hay que no sólo aceptar los cambios, sino estar dispuestos a asumir los derechos, deberes, beneficios y sacrificios que el magno documento nos impone. Unos cambios que habrán de hacerse en democracia, porque gracias a la democracia es que quienes los promovieron lograron el éxito.
Pero como en todo proceso histórico, el de ayer fue sólo la apertura a un camino por el que deberemos andar con la sensatez como divisa, y el bien común como meta. La mayoría triunfante, y la minoría perdedora, todos somos ecuatorianos, de todos es la Patria que nos cobija, y con todos hay que contar y consensuar, si se quiere que la Constitución de Montecristi sea exitosa y de larga vida.