¿Se justifica llamar, como lo hace Ignacio Ramonet en el editorial de este mes de Le Monde Diplomatique, a la actual conmoción que sufren las economías del mundo como "la crisis del siglo"? ¿No es demasiado afirmar que nos encontramos "en el fin de una era del capitalismo" y que "nada volverá a ser como antes", para anunciar inmediatamente el retorno del Estado? Para Ramonet, lo sucedido para el mundo capitalista en el ámbito financiero es comparable con lo que fue, para el mundo del socialismo real, la caída del Muro de Berlín. El comienzo del fin. Del fin no solamente de varias instituciones sino sobre todo de una forma de ver el mundo y de entender las relaciones humanas: "la era de oro de Wall Street" o el universo que el novelista Tom Wolfe llamó La hoguera de las vanidades, y que no era sino la búsqueda de la mayor rentabilidad al plazo más corto, los beneficios exorbitantes, y la obsesión de hacer cualquier cosa para obtener ganancias fáciles que el analista describe: "ventas a corto abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos opacos, titulización de activos, contratos de cobertura de riesgos, hedge funds".
No es fácil entender lo que ha sucedido. Parte del problema es entender el funcionamiento de lo que significa una economía virtual, inmaterial, que según el director de Le Monde Diplomatique "llegó a representar más de 250 billones de euros, o sea seis veces el montante de la riqueza real mundial". Esa economía virtual, metaforizada como burbuja, es la que ha estallado por el recalentamiento de sí misma como explotan los globos en una fiesta. Pero ¿qué es lo que lo lleva a Ramonet a afirmar que una era, no el capitalismo por cierto, ha terminado? En primer lugar, el fracaso de los mercados para autoregularse a sí mismos y la necesidad de la intervención del Estado. Desde los años ochenta, la intervención del Estado fue satanizada en el ámbito de la economía mundial. Hoy, reaparece como la última boya de salvación en un naufragio al que todavía no se le ve el fin. En segundo lugar, el paso a un mundo multipolar en el que la hegemonía de los EE UU da paso a potencias regionales que se preparar para 2025 más o menos a convertirse en mundiales. Ello no significa por cierto que el mundo por venir vaya ser ni más seguro ni más pacífico. Rusia, por ejemplo, no será benigna con los países que conforman su zona de influencia geopolítica, China será cada vez más absorbente y Brasil deberá repensar su diplomacia en términos de combinación de poder blando con suave.
Todo ello no quiere decir que la crisis no golpee a los países latinoamericanos con modelos que, en cambio, privilegian al Estado como centro, motor y regulador de la economía. El retorno al Estado de estos países ha venido acompañado de una alta dosis de concentración de poderes en el presidente de la república, la eliminación de la democracia representativa y el ascenso de una masa de nuevos funcionarios y dirigentes marcados por el resentimiento, como escribía ya hace mucho tiempo el ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada a propósito de los peronistas.
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Artículo tomado del diario Hoy