Porque con esta última obra de
Yasmina Reza, el nobilísimo arte del Teatro, así con mayúsculas, alcanza, en fondo y forma una de sus cimas. A lo que contribuyen las geniales interpretaciones de los cuatro actores que dan vida -y qué vida- a sus personajes:
Pere Ponce, Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú y
Antonio Molero.
Hacía tiempo que no disfrutábamos tanto en un patio de butacas, pero no sólo en el sentido de pasarlo bien, sonreír y y reír -.con reflexiones muy serias-, sino en de verte envuelto en emociones diversas, en situaciones que denuncian la hipocresía social; en definitiva de poner todos tus sentidos al servicio y abstracción de lo que acontece en el escenario.
A pesar -se insiste- que lo que allí sucede con esos personajes, poliédricos y complejos, sí, pero siempre humanos, tiene más de tragedia que de comedia. Aunque, claro, la sabiduría de Reza -que se supera respecto a su anterior y también magnífica obra, 'Arte'- nos la sirve envuelta en un humor fino e inteligente, pero también corrosivo y políticamente incorrecto.
Porque con una banal excusa de la pelea entre dos adolescentes, la autora desnuda la condición humana, sí, pero también desde esa base dispara contra las relaciones en conjunto: por la pareja, por la profesión, por las férreas costumbres, por las obligaciones tan occidentales de parecer -no de ser- educados y no primarios.
Hasta que al poco del convencional arranque de los dos matrimonios en el sofá, empiezan a desatarse los conflictos verbales, a hundirse la hipocresía y salir a flote la realidad de lo que somos, de lo que llevamos dentro. Y ahí el protagonismo pasa a los reproches, las descalificaciones e incluso la violencia física. Ni siquiera se respetan y apoyan mútuamente las parejas, quia.
La condición y la especie humana

Ya es un todos contra todos que cala hondo en los espectadores, seguro que reconociéndose en cualquiera de los caracteres de los personajes diseñados por Reza (en la foto de la izquierda), y que, he ahí la genialidad de la autora, provocan las ya citadas sonrisas y risas... quizás por no llorar y decir que somos una mierda. La especie humana del escenario, con sutil precisión también en cuanto a la dirección de
Tamzin Townsed, provoca con su desasistido e inevitable hundimiento físico y moral que la especie humana del patio de butacas disfrute con semejante asfixia. Y no vamos a desvelar nada más del hilo argumental.
Sólo añadir que esos poliédricos especímenes humanos protagonistas necesitaban de cuatro 'monstruos' de la interpretación para la rotundidad del espectáculo. No sólo por sus gestos y movimientos cuando hablan, sino por idénticas razones cuando escuchan, agregándoles cada uno según su personaje la suficiente y medida vis cómica. Sería injusto destacar a cualquiera de los cuatro porque, además, en conjunto se ve que ellos también se lo pasan muy bien, aunque queden agotados por dentro y por fuera tras cada representación.
Sólo una especie de coda final. Semejantes obras con semejantes aciertos en todo su desarrollo son milagros compulsivos y laicos que cuando llegan es justo y necesario, nuestro deber y salvación, verlos por alcanzar esas cotas geniales y sublimes sin interrupción. Por ahora están en el madrileño Teatro Alcázar, cuyo inconmensurable reparto quién sabe si será el que salga después de gira. Pero, se insiste: ¡no se la pierdan!