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El espejismo keniano

viernes 30 de enero de 2009, 11:50h
Actualizado: 02 de febrero de 2009, 07:26h
Era la perla del este de África, la colonia preferida del Imperio Británico junto a Rodesia (Zimbabue), el modelo regional. Hoy es un país sumido en una crisis humanitaria y económica sin precedentes. Hoy es una de las naciones más corruptas del mundo.

En diciembre de 2007 Kenia era el destino turístico por antonomasia para los occidentales, la democracia más consolidada y próspera en una de las zonas más convulsas del mundo. Después de las elecciones presidenciales celebradas a finales de año se produjeron los peores incidentes violentos desde la independencia, en 1963. Las acusaciones de fraude electoral llovieron sobre el gobierno y la oposición salió a la calle para enfrentarse a los partidarios del presidente y a las balas de las fuerzas del orden. Dos meses después, con más de tres mil muertos en las cunetas, el doble de heridos y casi el triple de violaciones cometidas por motivos tribales y políticos, el ejecutivo y la oposición firmaron una paz basada en el reparto del poder. Mwai Kibaki se aferró a su sillón presidencial creando el cargo de primer ministro para el líder opositor y presunto vencedor de los comicios, Raila Odinga.

Los hechos son sobradamente conocidos. Lo que se conoce menos es la situación actual. Hace unos días Kibaki, que apenas realiza declaraciones ante los medios, señaló que diez millones de kenianos viven por debajo del umbral de la pobreza. También subrayó que el país atraviesa la peor sequía de las últimas décadas. Sin embargo no realizó comentarios sobre el millón de desplazados internos que vagabundean por las maltrechas carreteras del país privados de comida, de cobijo, de derechos.

Los hechos configuran un polvorín en un país en el que todo está basado en el dinero y en los lazos étnicos. Con el turismo a media asta, las finanzas aparecen exiguas mientras los ministros y diputados, cuyos sueldos son los más elevados del planeta, mantienen su fabuloso tren de vida. Más allá de las mansiones de los dirigentes, la criminalidad se ha disparado, los delitos y las agresiones, a menudo mortales, son el pan de cada día para una población de treinta y cinco millones de habitantes que sufre la deriva de una gerontocracia ajena a la realidad de sus ciudadanos.

Las consecuencias son demoledoras y el peligro de desestabilización trasciende las fronteras de Kenia. Hasta hace poco el país era el salvavidas de los refugiados procedentes de Somalia, Uganda, Congo, Ruanda y Etiopía y el ejemplo a seguir en materia de integración. Ahora Kenia se ha convertido en un país caótico.

Otros, en cambio, se frotan las manos, empezando por Tanzania. El país vecino ha incrementado su oferta turística al calor de los sucesos que afectan a Kenia. No obstante, la complicada situación de Kenia quizá beneficie especialmente a Etiopía. Con casi noventa millones de habitantes, el antiguo reino de Abisinia es hoy el segundo más poblado de África, por detrás de Nigeria. Su ejército es el más poderoso de la zona y cuenta con el apoyo político y económico de Estados Unidos. Situado en pleno corazón de África, Etiopía es un enclave cristiano rodeado por musulmanes. Y en su capital, Adis Abeba, se eleva la sede de la Unión Africana.

Cuando faltan dos días para el inicio de la cumbre anual de jefes de estado africanos, Etiopía se perfila como un anfitrión política y militarmente fuerte que presenta el cuarto índice de crecimiento económico mundial en los últimos seis meses. Por su parte Kenia acudirá sin las credenciales habituales. Al contrario, será el vecino venido a menos que se enfrenta a problemas internos que no ha sabido manejar.

El desaguisado congoleño, la porosidad de unas fronteras regionales regidas por los combates entre gobiernos y grupos guerrilleros, el inexorable goteo de refugiados y la intensa crisis económica que golpea con ferocidad al continente negro son los factores esenciales que ayudan a comprender una ecuación cuyo resultado es el cambio en el equilibrio de poderes de una zona que abarca a más de 300 millones de personas.

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* Pedro Lasuén es corresponsal de Diariocrítico en el continente africano
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