Se cumplen hoy los primeros cien días de José Montilla como presidente de la Generalitat de Catalunya. Durante ellos, el tripartito bis se ha caracterizado por, como malévolamente decía ayer Convergència i Unió, por su perfil bajo. Montilla y su Gobierno se han puesto a realizar aquello que los ciudadanos del Principado esperaban: resolver el día a día y el esperar que ahora, a pesar de los recursos de inconstitucionalidad presentados contra el Estatut(o) y que deben resolverse, al menos el del Partido Popular antes del verano, pactar con el Gobierno central una nueva cesión de competencias.
En poco más de tres meses, pese a los intentos de todo tipo por parte de pescadores en río autonómico revuelto, el Gobierno catalán se ha comportado con rigor y sentido común. Ni siquiera Carod-Rovira (recuérdese su debut con Maragall) ha dado la nota discordante. Los radicalismos de opereta (Montilla lo sabe perfectamente y sufrió sus zarpazos en las elecciones autonómicas del 1 de noviembre pasado, las que, pactos mediante, le llevaron a la presidencia) no conducen a ninguna parte. Hay y habrá tensiones con el Gobierno central. Especialmente por la complicada situación de infraestructuras que sufre el área metropolitana de Barcelona, con el colapso constante de la red ferroviaria de cercanías, el retraso de la llegada del AVE y, además, la complicadísima situación de un aeropuerto básico en el sistema aéreo español, el del Prat, que está en los límites de la saturación.
Montilla, hombre tranquilo donde los haya, gris si se quiere, nada brillante, pero tremendamente tozudo en sus planteamientos y en la ejecución de los mismos, ha sido el primero en decir a sus consejeros “no corráis, que es peor”. Como en la fábula de Esopo, prefiere ser tortuga a liebre. Y, por el momento, el tripartito le secunda. Los consejeros de Esquerra Republicana, como los de Iniciativa-Verds, cumplen con su cometido sin ser, a la vez, Gobierno y oposición (al revés, por cierto, de lo que hace el Bloque Nacionalista Galego en la Xunta de Galicia). Es el pacto y todos lo cumplen. Que luego, los diputados de ERC en Madrid, monten sus divertidos números identitarios es sólo la válvula de escape de una formación política, que ahora tiene serias responsabilidades de gobierno. Y ya les tocaba.
El tripartito bis ha cumplido hoy sus cien primeros días. Queda mucha legislatura por delante, y tampoco conviene asustar al electorado con unas elecciones municipales a tres meses vista. Si las tres fuerzas que hoy gobiernan Catalunya, en parte por la cultura de pacto adquirida en ámbitos municipales, llevaron la última campaña autonómica sin demasiados estruendos, se comprende la frustración de CiU, la primera fuerza parlamentaria, en la oposición, que aún no ha digerido –y cien días dan perspectiva suficiente para que lo diga el columnista—el hecho de que el actual Gobierno de la Generalitat saliese de la voluntad y de los pactos a tres bandas. A la hora de la verdad, Montilla se impuso a Rodríguez Zapatero y su gobierno se hizo en Cataluña. Un mérito que anotar en el expediente de ese catalán de Iznájar (Córdoba), nada brillante, gris si se quiere, pero que hace lo que tiene que hacer: gobernar.