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Tedio y anarquismo

Tedio y anarquismo

domingo 22 de febrero de 2009, 19:49h
Actualizado: 24 de mayo de 2009, 08:01h

Todo individuo, aún el que goza de menos autonomía, se cree soberano en los dominios de su conciencia.
Hans Magnus Enzensberger

Se ha mencionado -en más de una ocasión- que el gran historiador de arte, Aby Warburg, dijo en una oportunidad a sus alumnos: "Es en los detalles donde hay que buscar a Dios". Se imaginará, queridísimo y aburrido lector, que no es mi intensión llegar tan lejos. Por otra parte no me parece conveniente. La inexistencia de Dios no cambia la credulidad. Preguntarse de dónde viene el viento es tan ingenuo como sospechar que al hombre le interesa la belleza, la libertad, lo digno, el amor, la pasión por el cosmos.  Al ser humano le importa ser tedioso. Y comentar asesinatos, hechos de corrupción, la hipocresía; como si él fuera ajeno, como si él durmiera en otra habitación. Por eso se casa, engorda, eructa, tiene tarjetas de crédito, mira televisión, se queda dormido en el cine, bosteza ante una conversación sensata, vota y cree que así modifica el mundo; siente que los símbolos y los mitos lo transforman en homo ludens o en homo sapiens. Como no sabe diferenciar, en el fondo le da igual. Ocurre algo similar entre sepelio y sepulcro, que casi, casi, son sinónimos. En fin, tampoco sabemos si la Eva del Paraíso era hermosa u ostentaba una verruga con pelo en el mentón.

Pues bien, a la humanidad le encanta los shopping, los casamientos, los cumpleaños de quince, la generala, los actos escolares, los asados, las reuniones de consorcio, descubrir a la vecina con el amante, los partidos políticos, el té canasta, la televisión por cable. A la humanidad le fascina el i-pod, los programas deportivos, los culos plastificados, las bocas hinchadas, el vacío posmoderno, las relaciones líquidas. Y la imbecilidad. Y son felices. Si, descreído leedor, son felices. Son esperpentos, burócratas, funcionarios, profesionales o intelectuales, que tocan el paraíso cuya exaltación envidiaría  Rimbaud. Ebrios tipejos del tedio con  premios, viajes, góndolas, supositorios,  yates o  mansiones. Discúlpeme, no puedo pormenorizar todo. Ayúdeme, sea cómplice.

 Seres absurdos, desatinados y extravagantes no conocen mi indulgencia. "Una hora pasa pronto", decía una señora en el confesionario. Urbano lector, lo que escribo no es una exageración. ¿Cuál es el desiderátum de toda alma errante? Creer en algo, pensar que lo que hace le agrada al vecino, al jefe, al policía de la esquina, al encargado del edificio, al camarero. Sentir que llegó a la felicidad, a una buena jubilación, a tener una mirada correcta de la vida. La manipulación de las conciencias a escala mundial en la sociedad de consumo da pavor.

 Porque lo fundamental es saber  la importancia del caso particular como revelador cierto de la totalidad de la vida social. La abundancia de información de algo ilimitado no es abarcable con la mirada; analizar en detalle es una tarea casi imposible. Por eso la mayoría elige el tedio. Nos hastiamos comiendo, nos hastiamos bebiendo, creemos ser libres y bailamos hasta las seis o siete de la mañana, hablamos por celular en colectivos, en el baño, en canchas de fútbol, en hoteles alojamientos. Nos saturamos sin sutilezas, tomamos pastillas para dormir, pastillas para no dormir, pastillas para hacer el amor, pastillas para adelgazar, pastillas para bajar el colesterol. Hablamos con el psicoanalista, con el cardiólogo, con el diariero, con el cura, con el cartonero, con la espiritista, con la señora tuerta que tira las cartas, con el que cura la culebrilla.  Nos acorralan el mar humor, la simpatía, la beatitud, la tristeza, los estatutos, las estadísticas, los viajes turísticos, el vacío permanente. Se señala el vandalismo, la depresión, las tribus urbanas. El taedium vitae del cual escribieron los romanos. Podemos sintetizar: abulia, apatía, desinterés, pasividad.

 Nos encantan los ruidos, la exacerbación de los deseos imaginarios, el ocio represivo, el tiempo superfluo. Y el seudo conocimiento de todo. Recolectamos moscas, alfileres, goles, vuelos reprogramados, suicidios, amonestaciones, fotografías, álbumes históricos, estampillas. Hacemos crucigramas, jugamos al ludo, a las damas; rompecabezas. Nos saciamos de aburrimiento en las oficinas, en las filas de los bancos, en las municipalidades, en las autopistas, en las conversaciones familiares, en las pizzerías.  Desde el pasatiempo tocamos fondo una y otra vez. Las sociedades son así, nos metamorfoseamos con felicidad, nos hacemos socios vitalicios de "tiempos compartidos". Crece la apatía y nos recorre un extraño sentido del vacío, de la pereza, de la vagancia. Ya no nos indignamos ni tenemos pasión. El hombre es entonces un ciudadano ideal. (Lo escucho, lo escucho. "No es así Penelas, no es así").

 Nuestro querido y recordado Bertrand Russell escribió: "El aburrimiento es el gran tema de los moralistas ya que la mitad de los pecados se cometen por su causa". Esto no es para catetos o palurdos.

He aquí un escenario maravilloso del Poder. Se materializa un mundo petrificado, sin destino individual, sin destino colectivo. El hombre busca el encierro, la protección. Si nos llevan de la mano está bien. Somos libres de viajar, de amar, de seleccionar a nuestros gobernantes. El hastío es parte del juego. Vemos las playas atestadas, los micros cargados de turistas lúdicos, los jardines de infantes con banderas y rezos. Todo ordenado, todo prolijo. Las guerras, los templos, las cárceles, las drogas, las torturas, las universidades, los sindicatos, los best-seller, las películas, el fútbol, los servicios secretos, los divorcios, los casamientos, los bautismos, los entierros, los cursos para aprender botánica práctica. Nos organizamos, somos felices. Además tenemos fe en la biología, en las instituciones, en "la ciencia creacionista", en los paramilitares, en la palabra de la CIA y en la de la KGB, en la omnipotencia de los jefes de gobierno.

  Sólo los poetas o los artistas desean la utopía, alimentan el sueño con el sueño. ¿Qué dijo el loco de Enzensberger?

 Carlos Penelas
Buenos Aires, febrero de 2009

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