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OPINION

El Transantiago en boca de todos

El Transantiago en boca de todos

martes 13 de marzo de 2007, 16:56h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 03:01h
Por Leonardo Cáceres

 Ser opositor es muy fácil. Sólo se trata de encontrar todo mal. Claro, muchas veces el opositor tiene razón, pero en política no todo es blanco y negro.

Por lo demás, la mejor forma de “ganar cámara” y aparecer en los diarios, es criticando ojalá con las palabras más duras posibles, lo que otros hacen.

La Presidenta Bachelet cumplió su primer año de gobierno en medio de una oleada de críticas por la aplicación del Plan Transantiago, mediante el cual se intenta ordenar el transporte urbano de una ciudad de casi seis millones de habitantes.

Como vivimos en la época en que vivimos, se descarta de antemano la administración estatal de los autobuses. A cambio de ello, el Estado se reserva el derecho y la obligación de ordenar, fiscalizar y hacer posible que todos cumplan sus obligaciones. Quienes operan los autobuses son empresas particulares.

En teoría, el Plan era inobjetable. Pero cuando se aplicó se comenzaron a ver las fallas que tenía. La primera discusión fue si se aplicaba de una vez todo el sistema o se hacía en forma gradual, como en Bogotá, la capital de Colombia.

Se optó por cambiar todo de una vez. De más de tres mil empresarios, que tenían cada uno diez, doce o a veces uno o tres autobuses, se pasó a un régimen de sólo diez empresas, que en conjunto operan 5.612 autobuses.

Los choferes, que ganaban por “boleto cortado”, se peleaban en las esquinas a cada pasajero, y se detenían en cualquier parte. Ahora los autobuses nuevos, más cómodos y limpios, sólo se detienen en paraderos fijos y los choferes están contratados con sueldo mensual, con imposiciones de salud y de previsión.

Esto es sólo una muestra del cambio. Desde el 10 de febrero ya no corren las tradicionales “micros amarillas”, que llegaban hasta donde el chofer o los pasajeros querían, y el valor del pasaje sólo se cancela con una tarjeta de plástico denominada “BIP!”. Se evita así que los autobuses lleven dinero, eliminando de paso la tentación permanente para ladrones, drogadictos o bromistas.

Pero ha costado, claro que sí, poner en marcha el nuevo sistema. En febrero Santiago tenía menos de la mitad de su población permanente, y los problemas del Transantiago se fueron solucionando, parchando o encarando a medida que se presentaban.

En marzo se comenzó a vivir la realidad. Sólo el lunes 12 se incorporaron 300 mil nuevos estudiantes universitarios y de educación media. El lunes 5 habían hecho lo mismo 600 mil estudiantes de básica y ese mismo día regresó a Santiago un millón y medio de trabajadores que disfrutaban del verano en la extensa costa del Océano Pacífico.

El tren subterráneo o Metro, subutilizado con un millón 300 mil pasajeros cada día, se ha visto ahora sobreexigido, al convertirse en la columna vertebral del Transantiago, y debe transportar diariamente dos millones y medio de pasajeros.

Los tecnicismos sobran. La propia Presidenta Bachelet se involucró en el tema y anunció medidas extraordinarias, como más vehículos, cambios de recorrido y otros, para que el transporte sirva efectivamente a los usuarios.

Lo más fácil es criticar, rechazar todo, acusar al Gobierno de improvisación y de irresponsable. Y hasta de atentar contra los derechos humanos de los pasajeros, que deben viajar apretados en los vagones del más moderno Metro de América Latina, que tiene casi 100 kilómetros de extensión y 91 estaciones de cinco líneas.

Los santiaguinos que están obligados a viajar diariamente en autobuses, en el Metro y en otros medios de transporte, tienen pleno derecho a quejarse y a exigir que se solucionen los problemas. Y es tarea de Gobierno y de oposición buscar la forma de solucionar los atascos y las aglomeraciones.

Si no es así, ¿cuál es la fórmula para mejorar un sistema que todos querían cambiar?
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