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Nuestros demonios

Nuestros demonios

martes 31 de marzo de 2009, 18:33h

Para ingresar firme al siglo de la inteligencia debemos exorcizar nuestros propios demonios

El siglo XX venezolano concluye en medio de una severa crisis moral y política no superada. De allí que, como ocurre en el XIX y en el siglo sucesivo, la entrada en el siglo XXI se nos pone muy distante.

Que acaso vivimos una crisis de oportunidades y de cambio no lo dudo. Pero ojalá toque en sus raíces profundas a la dimensión cultural de nuestra gente. La solución requerirá de formas institucionales inéditas: esas que tanto sacralizamos y a la vez vapuleamos, pero no serán suficientes.

Al verse y revisarse el sentido que tiene para Venezuela la noción del orden y de lo legal, y sobre cuál es su verdadero hilo conductor como base o expresión de la identidad y la amalgama nacionales, se constata que una simple investigación cronológica y documental de las variopintas constituciones y complejos andamiajes legislativos que nos hemos dado o se nos han impuesto, incluso durante dictaduras militares tan ominosas como la actual, no basta.

Saber qué valor tienen las leyes para el común de nuestros ciudadanos exige hurgar en el contexto social y de ideas que nos hace presa desde los tiempos más remotos. La sola lectura de gacetas oficiales y decretos presidenciales sugiere, en efecto, la imagen de un país que no es y que nunca ha sido tal. Y sobre esa dualidad los venezolanos vivimos en una mentira permanente.

Cada uno de nuestros autócratas, al disfrazar sus tropelías y para atenuar sus violaciones a la Constitución esgrime cumplir con la misma Constitución y hasta la invoca, sin rubor, para sostener su condición de "Presidente constitucional". Nuestro caso no es distinto al resto de la América Latina; de donde tiene razón Octavio Paz al decir que nuestras Constituciones y leyes han marchado por vía distinta a los hechos o reglas prácticas que facilitan la convivencia tanto como legitiman el atropello y hasta procuran el "desorden creativo" -la frase es el ex presidente Luis Herrera- en el que nos movemos como peces en el agua.

El régimen constitucional que rige durante la larga dictadura de Juan Vicente Gómez fue nominalmente garantista y muy civilizada en cuanto a las libertades que proclama. Técnicamente, su legislación es sabia y producto de la enjundiosa formación de los juristas de la época. Y si se revisa el texto de la Constitución de 1999 también se aprecia que su prédica libertaria y evidentemente progresista es digna de mejores causas, ya que no hace relación con la perspectiva totalitaria y dictatorial del mismo autor de la obra constituyente.

Nos acompaña de manera fatal, pues, una suerte de divorcio entre las formas y las pautas de conducta real que desplegamos la mayoría de los venezolanos, revolucionarios o no. Y a menos que logremos descubrir y desnudar ese Ser que somos y admitir la infidelidad que nos determina a la luz de las leyes en vigor y de su auténtico espíritu, difícil nos será abandonar la anarquía y avanzar sobre la senda de una verdadera sociedad democrática.

Arturo Uslar Pietri, oteando hacia nuestros orígenes, recuerda que "el español, el indio y el negro han formado, en proporción variable, las gentes que nos pueblan". Y ajusta que "el mestizo venezolano es la confluencia de estos tres elementos raciales. Su sensibilidad es delicada, su don de adaptación rápido, su inteligencia viva y ligera; muy cargado de intuición, ambicioso, igualitario, devoto de lo mágico, violento, generoso, imprevisor, pobre en arte popular, sensible a la música, vive reñido con la sistematización, con el orden y la jerarquía".

"Es el alma del mestizo -según la descarnada observación de Uslar- la que va a darle su psicología a la nación y a caracterizar su historia, atormentada por sus dos pasiones fundamentales: la igualdad y el mesianismo".

De modo que, el igualitarismo, más que la igualdad, y el mesianismo, que nos empuja hacia la búsqueda del otro autócrata cuando el anterior nos mata los sueños, explican así el sentido de esa contradicción sostenida durante el curso de nuestra historia y que ha hecho posible, en casi dos siglos de vida republicana, el alegato cotidiano de la libertad -tanto por el pueblo como por nuestros gobernantes de turno- dentro de condiciones institucionales y políticas que, casi siempre, favorecen el autoritarismo. De allí su exacta apreciación en cuanto a que hemos medrado como sociedad en riña permanente con la disciplina social sin abandonar el sentido igualitario -con vistas al rasero común y recelando de quien destaca- y nuestra devoción innata -¿de origen negro, español, indígena?- hacia lo sobrenatural, por ende, al tráfico de las ilusiones.

La lección no se hace esperar. Para ingresar con pie firme al siglo de la inteligencia, saliendo del dictador, antes hemos de exorcizar nuestros propios demonios.

correoaustral@gmail.com

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