Ver la televisión puede convertirse en la afición favorita de los niños. Muchas veces “encender” la televisión es un hábito adquirido sin objetivo aparente, al menos específico. Acompaña al niño al levantarse, tomando el desayuno, en la comida, en las tardes lo hace a veces como entretenimiento otras como auténtica niñera.
El niño pasa más horas que en el colegio y que interaccionando con sus padres delante del televisor. Desde los 6 años hasta los 14 años se está un año frente a la televisión.
Estos niños se aislan cada vez más. Se produce un déficit en todo lo relacionado con las aptitudes verbales, por la poca interacción con los demás y a la pérdida del hábito de la lectura. Entre los dos y cinco años genera un déficit grande de horas de sueño, o en los más mayores y ya escolarizados contribuye de forma efectiva al mal comportamiento en las aulas, poca atención a los detalles de lo que dice el profesor, retraso en las respuestas, escasa utilización de conocimientos anteriores y ausencia de un análisis sistemático.
Una larga exposición frente a la pequeña pantalla puede asociarse a una menor capacidad para esperar y un mayor desasosiego. La cultura del “zapping” fomenta el picoteo histérico y les hace incapaces de ver o escuchar nada de principio a fin, en búsqueda de los estímulos y la excitación inmediata. Este posicionamiento a la larga pudiera llegar a dificultar la capacidad para permanecer en una clase completa, con el esfuerzo que conlleva y a planificar e inclusive adquirir compromisos duraderos, véase que hoy, y para muchos jóvenes, se ha instaurado hasta en el amor la monogamia secuencial. Vivimos la inmediatez, la superficialidad de la imagen momentánea. Se lee poco, se escribe menos, se reflexiona escasamente.
Pero todo queda ahí, parece que es preferible que nuestros hijos estén tranquilos y no nos molesten a que tengan inquietudes y pregunten para conocer y entender el mundo en el que están inmersos. La T.V. no debe ser quien silencie la comunicación o anule la capacidad creativa para realizar otras actividades.
No podemos obviar otra realidad de la cultura televisiva: la violencia constituye la regla, no la excepción. Se transmite la peligrosa idealización de la supervivencia y admiración al más fuerte, al más insensible, al educadamente o no depredador que utiliza una violencia gratificada de consecuencias positivas pues con ella cumple sus objetivos.
La exposición a formas violentas de resolución de conflictos, si no va acompañada de una crítica positiva y la presentación de modelos alternativos de diálogo y acuerdos, puede derivar en una capacidad de respuesta muy limitada y negativa ante los problemas y situaciones que se le presenten a lo largo de su vida.
Sin embargo es la falta de supervisión de padres y tutores lo que permite que haya niños con una exposición a la violencia visual extrema.
Los niños frente al televisor desarrollarán valores inadecuados. Se habla de todo y se puede ver todo, que todos puedan elegir y que nada se oculte. Nadie pensó que los niños no tenían ni tienen capacidad crítica plenamente establecida y les hemos quitado los avisos, los rombos, la protección. Los niños ven sus programas y comprueban que el motor de todo es el dinero, el egoísmo, la satisfacción individual.
La televisión transmite un mundo ficticio, para bien o para mal. Un estilo de vida, unos valores, unos ideales sobre los cuales nos apoyamos en nuestra vida diaria y basamos muchas de nuestras decisiones y formas de obrar.
Nuestros nuevos niños ven y verán la televisión antes de hablar y desde luego de leer. Es en el bagaje formativo para la crítica que les dejemos en herencia con el que podrán convivir con este medio enriquecedor y al tiempo invasivo.
Javier Urra
Psicólogo de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid.
Patrono de UNICEF