Cuando el sha
Reza Pahlevi fue derrocado en 1979, Irán era un país de masas rurales empobrecidas y fanáticas y una elite urbana culta y bien preparada. El ayatolá
Jomeini liquidó cualquier vestigio de modernización y provocó un primer exilio de intelectuales y profesionales. Sólo dos años después eliminó también a sus aliados de la izquierda laica, personalizados en el presidente
Banisadr, y obligó a expatriarse a sus sobrevivientes.
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Fue a ese país, antaño poderoso y de vuelta al fundamentalismo, al que se atrevió a atacar
Sadam Husein, en una cruenta guerra de ocho años.
La dura lección obligó a los clérigos chiíes en el poder a poner a Irán tecnológicamente al día pero, eso sí, sin perder las esencias islámicas. Es decir, lo que pretende
Ahmadineyad con su bomba atómica.
Los jóvenes crecidos al socaire de ese proceso modernizador, recuperada la tradición cívica de los antiguos persas en un nuevo universo de telefonía móvil, antenas parabólicas y ordenadores personales, evidencian ahora las contradicciones internas de un vetusto régimen teocrático en el que Musavi,
Jatami, Rafsanyani,… no son ingenuos revolucionarios, sino conservadores pragmáticos que saben que su mundo está cambiando, como les pasó en España a los franquistas más lúcidos cuando desapareció el dictador.
A diferencia de la España de entonces, Irán está en medio de un conflicto global que desborda a los temerarios y bienintencionados manifestantes de Teherán.