Otra vez un 6 de agosto, otra vez los discursos encendidos, otra vez las separatas de los periódicos, otra vez la historia se repite y todo porque la Patria este seis de agosto recordará 184 años de su independencia de la colonia española. Nos traerán a la memoria el legado de Simón Bolívar, de Sucre, las hazañas del mariscal Andrés de Santa Cruz, las luchas guerrilleras, el heroísmo de caudillos, de indígenas, en fin de todos quienes somos parte de esta gran nación, ahora Estado pluricultural. Pero ahí van algunas provocaciones, una carta abierta al oficialismo y a la oposición:
184 años ¿y qué ha cambiado? Bolivia. Tu nombre resuena y hace temblar, pero también hace estremecer a propios y extraños. En tu nombre, Patria mía te violaron, te saquearon, te robaron, te mataron cada vez que uno de tus hijos se quedaba sin aliento, te estropearon al mejor postor, y hasta te quisieron canjear. En tu nombre se quisieron quedar los dictadores, los gonistas, los corruptos, los delincuentes de cuello blanco, los impostores, los opoturnistas. En tu nombre se enriquecieron las transnacionales exprimiendo a la madre Tierra llevándose el oro, el petróleo, el cobre, el estaño. Mientras esa Patria profunda arañaba las piedras para sobrevivir. Esa patria de rostro indígena que fue invisibilizada durante bastante tiempo, para luego emerger.
Claro en estos 184 años, se adueñarán del aniversario patrio los de siempre, los políticos. Unos como los salvadores y continuadores de la obra de Simón Bolívar; otros como los llamados por el pueblo y por Dios para enderezar el sendero; otros ofreciendo hasta el paraíso en vísperas de elecciones generales. La Patria que heredamos no es de ustedes, es de todos nosotros. La Patria que nos parió es más grande que todos nosotros juntos. Esta Nación ha sido construida con las manos y el corazón de mineros, campesinos, indígenas, trabajadores, fabriles, clase media, profesionales, amas de casa, empresarios, maestros, niños, mujeres y ancianos. Y claro tenemos derecho a exigir y hablar fuerte por nuestra dignidad y por el pan de cada día.
Ellos, los que sabemos, hicieron lo que quisieron en estos 184 años, y es hora de levantar el rostro, las voces, los brazos, los corazones, las miradas no sólo para repetir lo que el himno nacional manda: Morir antes que esclavos vivir, sino para no arrodillarnos ante las crisis, ni ante ningún poderoso, ni de afuera ni de adentro. Ni de pongos, ni de esclavos, ni prisioneros. Ya mucha sangre hemos derramado los bolivianos. Ya mucha soberbia y atropellos hemos tenido que sufrir de quienes se sentían los llamados por Dios y por el dinero para que nos gobiernen.
Este seis de agosto del Siglo XXI, cuando ya se está escribiendo la nueva historia de Bolivia que cada uno de nosotros viene protagonizando, dejando huellas en los procesos dialécticos que marcaron nuestros sueños, nuestras luchas y nuestros anhelos por una mejor sociedad: la guerra del agua, del gas, los cabildos por las autonomías, las marchas de los pueblos indígenas, octubre negro, los referéndums constitucionales y tantos otros hechos intensos que nos reafirmaron como sujetos de la construcción de un Estado con rostro social, humano, igualitario, justo, solidario, tolerante, pluricultural, autonómico, pluralista y fundamentalmente nuestro.
Un brindis por Bolivia, por Santa Cruz, La Paz, Cochabamba, Tarija, Beni, Pando, Potosí, Oruro, Chuquisaca, por sus regiones, por sus provincias, por Camiri. Un brindis cargado de coraje y esperanzas, porque nos merecemos otra Patria, porque otra Bolivia es posible, otra Santa Cruz y eso dependerá como afirmaba el escritor y periodista Sergio Almaraz, de vos, de ellos, de ustedes, de nosotros: “El porvenir boliviano en el sentido de la realización exclusiva y auténtica, está subordinado al redescubrimiento del ser nacional”.
Es el tiempo de rupturas, de definiciones, de decisiones, de reordenamiento del Estado, de redistribución del poder político y económico. Es la hora del desempate. Este momento no puede prolongarse más y este seis de agosto debe constituirse en uno de esos supremos instantes de asumirnos como protagonistas de este proceso.