Había unanimidad. Al menos entre funcionarios, asesores y legisladores con quienes platiqué la noche del domingo en el viejo Hospicio Cabañas de Guadalajara, en la Cumbre de Líderes de América del Norte: el depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya, cometió “dos pendejadas” en la Ciudad de México.
“Megapendejadas”, recalificó uno de ellos.
Las dos habrían sido respondidas ayer. La primera, por Barack Obama. Zelaya pensó que era buena idea usar a México como plataforma para reclamar que Estados Unidos no había hecho lo necesario para ahogar el golpe de Estado. Usó la muletilla de que 70 por ciento de la economía hondureña depende de la estadunidense. Por eso, dijo, retrotrayendo sin querer a Vicente Fox, que Washington podía resolver el asunto en cinco minutos.
Obama le contestó mostrándole dulcemente los colmillos: a él, y también a Hugo Chávez, a Raúl Castro. Y con el argumento de que esos que se la han vivido criticando las, reales o ficticias, injerencias de Estados Unidos, hoy claman por el big stick. ¡Zoc!
Calderón se hizo cargo de la segunda. En vez de ofenderse por el entusiasta elogio de su huésped Zelaya a Andrés Manuel López Obrador el miércoles pasado, se tomó cuatro días para pensarla bien. Al quinto, es decir ayer, dejó en claro que había mandado al diablo la solicitud del hondureño para que intercediera por él ante el poderoso Obama. Con el entusiasmo con que Zelaya habló en el Teatro de la Ciudad, Calderón se sumó al exhorto de la Cumbre para rechazar cualquier intervención directa en el país centroamericano. ¡Zoc, zoc!
“Que lo defienda Óscar Arias, nosotros ya hicimos lo que teníamos que hacer”, me dijo un funcionario. “Y ya vimos quién es: un malagradecido, o un loco”.
Opinión extraida del Periódico Milenio 11/08/2009