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Pozuelo y Vallecas: dos síntomas de una misma enfermedad

viernes 18 de septiembre de 2009, 16:21h
Actualizado: 24 de septiembre de 2009, 14:59h
Pozuelo y Vallecas son síntomas de una misma enfermedad: el sistema educativo español. Primero fue el ataque a la Policía en Pozuelo, luego la agresión a la profesora en Vallecas y por último las vejaciones a profesores por parte de sus alumnos que hemos visto en la televisión. Pero para entender la verdadera naturaleza de estos hechos, no hay que atender al orden temporal en el que se han producido sino al orden causal, que es justamente el contrario: primero te burlas del profesor, luego le pegas y acabas atacando a la Policía.

Esperanza Aguirre no ha confundido los efectos con las causas y ha ido directamente a la raíz del problema: la mala calidad de la educación en España —somos el segundo país de Europa en fracaso escolar— y la pérdida del respeto a la autoridad del profesor —uno de cada diez profesores es víctima de agresiones—.
 
El profesor tenía dos aliados y ha perdido a los dos. La delegación de responsabilidad de los padres en los profesores iba inexorablemente unida al otorgamiento de la autoridad. Y a las primeras de cambio, muchos padres no han respetado la autoridad del profesor y se ha producido la fractura. La fractura de la autoridad.

El otro gran aliado del profesor debería ser el sistema educativo. Y también este le ha fallado. Desde hace veinticinco años, las sucesivas leyes educativas socialistas, con su rancia retórica y su tendencia a la permisividad, han favorecido la mediocridad y han renunciado a la excelencia.

Al Partido Socialista le debe de parecer antiguo diferenciar entre leyes buenas y malas —ahora habla de leyes sostenibles; por cierto, la LODE y la LOGSE son insostenibles—, sin embargo a nosotros sí nos gusta hablar de leyes buenas y malas, en función de si lo son o no para los ciudadanos.

En las aulas rigen unas leyes naturales, que son las del esfuerzo y el mérito. Y fuera de los colegios se aplican las leyes comunes, que son objetivas e iguales para todos. Los jóvenes deben de saber que sus actos no son impunes sino que tienen consecuencias e incluso pueden conllevar sanciones.

Al Partido Socialista la ley de Esperanza Aguirre le ha pillado con el pie cambiado; parece que se le atragantan las ideas que —por buenas que sean para los ciudadanos— no pasan primero por el filtro de su dogmática retórica.
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