Como es habitual en su historia, las familias ecuatorianas se reunirán hoy alrededor de una mesa a compartir su cena navideña. Unas serán más abundantes que otras, más sobrias o más desproporcionadas, pero siempre habrá algo que repartir entre todos.
Como en la Nochebuena de hace un año, estarán sobre el mantel las esperanzas de cada uno, las certidumbres, fuertes dosis de alegría o de tristeza.
Dicen que no habrá apagones y que podremos vernos las caras los unos a los otros. Apreciaremos el tono y los gestos con los que cada cual pasará revista al año vivido. Veremos gestos de dolor y resignación ante los miembros del clan familiar que han fallecido en el período o que tuvieron que marcharse a buscar fortuna en otras latitudes.
Como nuestras familias, Ecuador se sentará alrededor de la mesa de su propia historia durante este año.
Irá separando el trigo de la cizaña, que en estos doce meses ha sido muy abundante. Colocará ante sí un espejo para ver las huellas que tanto odio, rencores, resentimientos desbordados y prepotencia le han dejado en el rostro. Identificará, sin proponérselo casi, a quienes le condujeron a este callejón que no parece tener salida, por ahora.
Pero al final se dirá que todos, tirios y troyanos, nacieron de su vientre, y que a todos, como a hijos, tendrá que seguir acunando y amamantando. Y que a unos y otros deberá disciplinar severamente, si es que quiere seguir siendo un país viable.
Principalmente a aquellos que, con una sonrisa cuestionable, se sientan a la cabeza de la mesa familiar.