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Pero ¿qué fue del Poder Legislativo?

Con la de cosas que han pasado, y siguen pasando, y el Parlamento cerrado durante casi dos meses. ¿Dónde está el poder Legislativo en este país en el que el Ejecutivo acapara titulares -la mayor parte negativos, para qué nos vamos a engañar- y el judicial hay días en los que se asemeja a la esencia del caos? Pues el Legislativo ha permanecido hasta esta semana, mire usted por dónde, de vacaciones de Navidad. ¿Que usted ya ni recuerda la Navidad, con la que está cayendo? Bueno, pues Sus Señorías se lo han tomado con mucha calma y la mayor parte de ellos, que ni han tenido comisiones, ni han participado en diputaciones permanentes -solamente se ha convocado una-, ni, la verdad, tampoco es que se hayan pateado afanosamente la circunscripción, la mayor parte de ellos, decía, regresan ahora con el ánimo culiparlante enardecido: a seguir sesteando. ¿Dónde, dónde, repito, está el poder Legislativo, que en una democracia que quiera tender a la perfección debe ser el primero, el más activo, el que controla en mayor medida a los otros dos?

No quisiera pecar de injusto ni de excesivo: hay diputados, y dicen que hasta senadores, que hacen cosas, o que quisieran hacerlas bregando contra un reglamento retardatario y contra la dinámica de elefante de las dos cámaras. Pero la mayoría ya se han resignado a su triste papel secundario frente al gobierno, a los gobiernos, frente a la marcha -algo errática, eso sí- de los jueces y de los aparatos de los partidos y hasta frente al vigor de una prensa, cuarto poder, que cada día inventa, con la inestimable ayuda de esos políticos que se aburren, una solución para salir de la crisis: elecciones anticipadas, moción de censura, despido de unos cuantos ministros…El patio anda así de revuelto, pero los leones de la Carrera de San Jerónimo bostezan.

Y, así, Sus Señorías regresan esta semana que comienza a ejercer su papel aplaudidor o abucheador en las escasamente útiles sesiones de control al Gobierno y en las sesiones plenarias donde tan pocos proyectos de ley se almacenan para su tramitación. En dos palabras: no hay iniciativa parlamentaria, por mucho que haya dos importantes figuras políticas, Bono y Rojo, al frente de las cámaras Alta y Baja, respectivamente. Las comparecencias de los más polémicos ministros en las comisiones correspondientes pasan sin pena ni gloria y el virus de la ‘institucionalitis’ sigue afectando cada día con mayor vigor a nuestras Cortes, que tan brillantes momentos políticos vivieron en un pasado que se me antoja irremediablemente remoto.

Porque lo cierto es que el Parlamento ha sido ajeno hasta el momento a lo mucho que ha ocurrido en estas semanas en este país en crisis llamado España: ni los planes (variados) económicos que se le van ocurriendo al Ejecutivo han hallado asiento parlamentario ni las no menos variopintas respuestas que se le ocurren a la oposición se acercan por la Carrera de San Jerónimo, trepidante desde hace muchos mees en el empeño por cercarla de zanjas que muestra el regidor de la Villa y Corte, Don Alberto Ruiz Gallardón.  Lo más sintomático, y puede que lo peor de todo, es que lo único que se ha movido en la zona parlamentaria en las últimas ocho semanas han sido las grúas y las excavadoras que atronaban, y atruenan, los espacios, me parece que con el objetivo de ampliar el aparcamiento de los diputados y del personal de las Cortes.

Creo que no recordaba unas vacaciones parlamentarias tan vacacionales, perdón por la redundancia, como las de este año. Precisamente las de este año, cuando los españoles piden debates serios para tratar sobre angustias ciertas. En fin: esta semana, vuelta al cole. Bienvenidos a casa, Señorías.
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