Cuando John Galliano visitó su taller, en la preferia del 2006, la bautizó con el sobrenombre de “La Christian Dior de los trajes de flamenca”. Esas cosas pasan. Es decir, que los de fuera les den su sitio a los de dentro. Ha pasado toda la vida y ahora no iba a ser diferente.
En Sevilla hemos tenido a Lina cincuenta años al pie de su particular cañón de volantes, lunares, batas de cola; de recorrer el mundo con su arte de buena costura y buen hacer, dejando su impronta y de paso la de su tierra. Hemos tenido a Lina, pero como tenemos a la mayoría de la gente que merece la pena: olvidada. Luego llegan los foráneos, las ponen en el sitio que les corresponde, reaccionamos un poco ante la mezquina amnesia para a continuación seguir con nuestra rutina de alabar lo extraño e ignorar, cuando no criticar lo nuestro. Qué oportunidad más buena se han perdido los “concedemedallas” de la Junta para haber reconocido la labor de esta trabajadora incansable cuando se cumplen cincuenta años de entrega a la aguja y al dedal. De entrega reconocida, porque Lina fue desde niña una costurerita como tantas que, sin levantar un palmo del suelo, ya llevaba un jornal a su casa. De aquellos años siempre rememora su cajita de recortitos, sus muñecos de barro y la ropita que les hacía, como el único asidero que la mantenía unida a la necesaria infancia, esa que dice el poeta que es la verdadera patria del hombre.
Lina celebra mañana lunes sus bodas de oro con la profesión en una fiesta en el Palacio de Bailén de Sevilla, en la que se incluirá un desfile de sus creaciones. Dicen que vendrán famosos, uf, odio la palabra famoso. Vendrán las destinatarias de sus trajes de flamenca, quizás no todas, algunas ya no están entre nosotros, como Rocío Jurado; otras, tal vez les pille el acto subidas en un escenario. Vendrán también sus amigos, esa gente que la aprecia de verdad, cosa nada difícil.
Francisco Montero
A Lina le cambió la vida cuando se casó con Francisco Montero, su novio de siempre, de los de antes. Torero de afición, Curro Montero en los carteles, y dependiente en “El bazar español” de la calle Sagasta. Fue el encargado de su “imagen”, aunque entonces no se hablara en estos términos. La bautizó como “Lina”, a ella que se llama Marcelina, y echó a rodar el negocio, mientras ella, que nunca fue a la escuela y que aprendió sola a leer, a escribir y a sumar, le daba a la aguja. Incansable como siempre, tuvo seis hijos, de los que se siente orgullosa, mientras iba subiendo sin alharacas a los altares del éxito.
Vistió de flamenca a la princesa Sofía, a la duquesa de Alba, a su hija Eugenia, a Grace Kelly, a Isabel Pantoja, a Pasión Vega, a las reinas del Carnaval de Cádiz y hasta a la hija de Tom Cruise, Suri, cuando estuvieron en Sevilla con motivo del rodaje de una película.
Lina, que es la sencilla dignidad andante, con su sempiterno moño, y su mirada limpia, dice que los trajes de flamenca deben estar inspirados en la tierra; que cuando empezó eran cuatro y ahora hay miles de diseñadores, pero que el sol sale para todo el mundo. Dice que no hay que olvidarse de las peculiaridades de cada provincia; de los trajes de verdiales de Málaga o de los de piconera de Cádiz.
Lina celebrará hoy por fin sus bodas de oro con la profesión y con su matrimonio. Francisco Montero no está, pero ella dice que sigue con él. “No pude celebrar mi boda porque no teníamos dinero; las de plata porque mi madre no estaba buena y ahora tocaba con las de oro. Las de oro hay que celebrarlas siempre”.