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No hay que fiarse de Zapatero

Marco Tulio Cicerón fue un jurista, político, filósofo, escritor y orador romano que nació en Arpino el año 106 a.c. Reconocido como uno de los más importantes autores de la historia romana fue el responsable de la introducción de las más célebres escuelas filosóficas helenas en la literatura republicana romana. Gran orador y reputado letrado, Cicerón centró toda su atención en su carrera política siendo uno de los máximos defensores del sistema republicano tradicional combatiendo como pudo la dictadura de César.

De este tiempo es parte del fragmento de lo que dijo en el Senado 55 años a.c:

“El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”.

Mucho antes, Confucio había dicho que “gobernar es rectificar”, sin embargo, y a pesar de todo lo sabido, José Luis Rodríguez Zapatero no solo no ha hecho caso ni a Confucio ni a Cicerón sino que tampoco a su correligionario Joaquín Almunia, a su vicepresidente Solbes, y a toda la gente que sabía que el engreimiento presidencial, su incapacidad para escuchar a los que saben, nos iba a llevar a todos a una situación con cuatro millones de parados, un déficit desbocado, el anuncio de aumento, por la brava, de la edad de jubilación y una crítica hiriente en los mercados y en la prensa especializada europea, junto a la caída de la Bolsa.

Y todo sabiendo que situaciones como éstas requieren ser abordadas con el concurso de todos porque todo está ya inventado.

Recuerdo lo que ocurrió en octubre de 1977. Suárez sabía poco de economía pero tenía un buen vicepresidente económico al que hacía caso, Fuentes Quintana. La coyuntura económica era grave después de que la crisis del petróleo de 1973 alcanzara de lleno a España, el paro -que durante el franquismo quedaba ocultado por la emigración a Europa, se había disparado, la inflación que había superado la frontera del 40% a mediados de ese año ahogaba, mientras se hablaba de fuga de capitales y los empresarios acostumbrados al corporativismo y al intervencionismo que presidían las relaciones económicas y sociales bajo la dictadura recelaban de la nueva situación política y de los sindicatos que empezaban a sacar cabeza.

Bueno, pues con este panorama el 25 de octubre de 1977 se firmaron tras un exhaustivo diagnóstico los llamados Pactos de La Moncloa entre todos los Grupos con representación parlamentaria, asociaciones empresariales, sindicatos y el gobierno, todos dentro del mismo puchero con el objetivo de procurar la estabilización del proceso de transición al sistema democrático así como adoptar una política económica que contuviera la galopante inflación e hicieran las reformas imprescindibles.

Y ahí estuvo Juan de Ajuriaguerra, asomando su cabecita casi de puntillas en la foto oficial tras varias reuniones, una de ellas interrumpida por la noticia de un atentado de ETA.

Con esta valiosa experiencia ¿qué ha hecho Zapatero?

Engañar en su campaña electoral, negar la recesión y prohibir a sus colaboradores nombrar la palabra crisis, hacer demagogia con los "brotes verdes" para primavera, reírse de Berlusconi y Sarkozy, mendigar estar en la reunión del G-20 solo por estar en dicha fotografía, irse a leer un párrafo del Deuteronomio a una prescindible sesión de salmos en Washington solo por sacarse una fotografía con Obama, presentarse en el Congreso de los Diputados con ocurrencias varias sin darles continuidad a mucha de ellas, no abordar reformas estructurales pendientes con rigor y valentía, echar la culpa a los demás, cambiar de vicepresidente en medio del tsunami, no buscar unos Pactos de La Moncloa sino romper conversaciones con la patronal, dar clases de economía a los demás creyendo que bajo su presidencia europea le iban a respetar su semestral liderazgo pero cuando estalla la crisis con Grecia no es ni llamado, apelar al rey para que le organice una tanda de reuniones con el PP, en definitiva hacer todo lo contrario de lo que hubiera hecho Cicerón y de lo que hicieron en 1977 sus mayores.

Si, ya sé que la crisis es mundial, que los resortes no están solo en España, que no existe una peseta para ser devaluada, pero con todo, la arrogancia del personaje no ha hecho más que empeorar las cosas para, cuando está con el agua al cuello irse al Congreso a iniciar una ronda de contactos en los que curiosamente no está él y no hacer como Suárez en 1977, es decir llamar a los líderes de todos los partidos, de los sindicatos, de la patronal para tratar de lograr un acuerdo por lo menos de mínimos.

Nosotros hemos dicho que acudiremos a esa ronda con la mosca detrás de la oreja. No nos fiamos un pelo del personaje, Ha demostrado reiteradamente su inconsistencia, su falta de cuajo, su ausencia de proyecto, su demagogia y su inanidad. Está haciendo buena la reflexión que corre por la red:

"Recesión es cuando el vecino pierde su empleo, depresión cuando pierdes el tuyo y recuperación cuando Zapatero pierda el suyo"

Triste presidencia europea, la que había preparado minuciosamente para encumbrarse a las más altas cotas de la política internacional, reunión con el presidente Obama, incluida. Pero ni Obama viene, ni los dos meses de presidencia semestral están marcando ningún hito, salvo el ridículo de la ausencia de Europa en Haití, y la crisis griega, con una pérdida del prestigio de la economía española que da pavor.

Y es una pena, pues en su barco estamos todos y lo que nos interesa es que no encalle, aunque al capitán, cuanto antes, hay que mandarle a su casa.
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