lunes 15 de marzo de 2010, 16:53h
Última actualización: lunes 29 de marzo de 2010, 18:44h
La Organización de Estados Americanos (OEA) acusa una de sus más graves crisis. El papel que ha jugado en los últimos años en la política continental se ha subordinado a los intereses de su socio mayor, Estados Unidos, y a las tendencias ideológicas de los políticos que la han dirigido para conservar su aura diplomática. La idea de que la OEA articule una hoja de ruta que incluya la integración económica y política y que intervenga para resolver los conflictos que no son pocos en varios de nuestros países, ha sido sustituida por nuevos bloques de integración regional que han surgido en la última década, sobre todo el Mercosur y la Unasur.
Lo cierto es que la OEA va quedando colgada de su gestión y la reciente cumbre de los mandatarios latinoamericanos en Cancún para fundar otra organización continental -sin la participación de EE.UU. y Canadá- fue una especie de partida de defunción que ponía en blanco y negro, con mínimos matices, los reales alcances políticos con que ha funcionado hasta hoy la entidad.
El caso más patético de la inercia del organismo fue su rol en el golpe de Estado de Honduras. Más aún, fueron los presidentes que conforman la ALBA quienes determinaron, en primera instancia, la posición de la región en semejante entuerto político. La OEA se limitó a condenar el golpe, pero no a resolver con eficacia el conflicto hondureño ni a denunciar a la comunidad internacional la violación de los derechos humanos de los disidentes de la dictadura de Micheletti. Incluso las elecciones que se realizaron en Honduras no fueron totalmente respaldadas por la OEA.
Como se advierte, el papel de la organización cada vez es menos decisivo en el devenir político del continente, y la urgencia de redefinir los actuales bloques de integración cobra una importancia capital para el futuro compartido de las naciones latinoamericanas.