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Como el fracaso de la tregua debilitó a ETA

Como el fracaso de la tregua debilitó a ETA

   “El Zapaterato. La negociación: el fin de ETA”, el libro de Fernando Jáuregui y Manuel Angel Menéndez, intenta unir tres ideas que se sobreponen, se interrelacionan y hasta pueden parecer antagonistas en algún momento. Por un lado tenemos el Zapaterato, que hace alusión directamente a un proceso dirigido y enmarcado por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, un personaje singular que ha venido sorprendiendo –y también enfadando mucho- a propios y extraños. Luego la “negociación”  fracasada con ETA, que es el verdadero meollo del libro, y finalmente el “fin de ETA”, que es en parte un deseo de los autores y en otra parte una evidencia provocada por las continuas detenciones de militantes y la cada vez menor actividad de esta organización terrorista.

   El libro se hace ameno e incluso interesante gracias al buen hacer de los autores que han sabido combinar las conversaciones y negociaciones entre el PSE-PSOE, HB, ETA y el Gobierno, entre 2003 y 2006, y a sus protagonistas con los acontecimientos que se iban sucediendo paralelamente y hasta con las revelaciones, casi “off the record” que los autores iban recogiendo de los protagonistas de la vida política nacional, empezando por el propio Zapatero, al que los autores reconocen la valentía de haberlo intentado, pero que finalmente a lo largo de la narración no parece haber intervenido mucho, ni siquiera parece haberse enterado del todo, cosa que explicaría el que finalmente saliera un 29 de diciembre de 2006 diciendo que las negociaciones iban bien y al día siguiente ETA volase el aparcamiento de la Terminal 4 de Barajas.

   Es decir, los autores colocan a Zapatero y a su “zapaterato” como la única persona y el único momento en el cual se podía haber dado esa negociación tan audaz, tan peligrosa y que casi era evidente que iba a salir mal. Y al mismo tiempo se producen dos efectos: por un lado Zapatero casi ni interviene y además esa negociación fallida puede provocar, aunque parezca contradictorio, el fin de ETA.

   El libro, como no podía ser de otra manera en un libro escrito por periodista, se centra en los protagonistas de las negociaciones, dando prácticamente toda la responsabilidad del proceso, por parte del Gobierno, al entonces portavoz del PSOE en el Congreso, Alfredo Pérez Rubalcaba –en este punto, el libro no entra a explicar ni por qué, ni en qué, ni cómo llevaba la dirección, simplemente lo da por sentado- y por parte de ETA al ex diputado vasco Josu Ternera. Los autores descartan que Zapatero hubiera podido dar esa responsabilidad al entonces ministro de Interior, José Antonio Alonso, o al director del CNI, Alberto Sáiz, por poner dos personas que razonablemente tenían que estar al cabo del asunto.

   Hay una cierta contradicción entre el papel director que se da a Rubalcaba y los datos e historias que los propios autores cuentan de Jesús Egiguren, presidente del PSE-PSOE, como el verdadero protagonista del comienzo de las conversaciones con HB ya en el año 2001, cuando ZP no soñaba ni con llegar al poder, y su insistencia, la misma noche de la victoria, en marzo de 2004, de tratar que Zapatero le “comprara” la idea. Incluso se habla en el libro de que Rubalcaba sospechaba que Egiguren le “puenteaba” y hablaba directamente con el presidente, lo que le llevó a meter en las negociaciones al abogado José Manuel Gómez Benítez, al que luego habría “recompensado” con un puesto en el Consejo General del Poder Judicial.

   Egiguren y Javier Moscoso –cuya presencia en las negociaciones atribuyen los autores a una recomendación de Felipe González a Zapatero- habrían abierto el camino, según los autores del libro, junto a Josu Ternera, tras la tregua unilateral que establece ETA en marzo de 2006, y que posteriormente dejará paso poco a poco al verdadero dúo de negociadores: Gómez Benítez por el Gobierno y Txeroki por ETA.

   Muy interesante y reveladora la explicación que los autores dan a la intervención del entonces número dos de Asuntos Exteriores, Bernardino de León- hoy en la Moncloa- , en el proceso para conseguir que las organizaciones abertzales no consiguieran meter a sus hombres en los grandes organismos de Derechos Humanos de la ONU y de la Unión Europea, debilitando las posibilidades de que en estos lugares se difundiera la idea de “la opresión” que sufre el pueblo vasco a manos del estado español.
   Todos los demás, incluido el dirigente de HB, Otegi, el ministro de Justicia, Francisco Caamaño, o el ex presidente del PNV, Josu Jon Imaz, quedan convertidos en simples comparsas, que juegan un papel conciliador, tratando de encajar, afinar y hasta endulzar las imposibles reivindicaciones etarras sobre Navarra o los presos. El libro atribuye a Blair y a los mediadores internacionales el intento de Zapatero por continuar las negociaciones después del atentado mortal contra la T-4, cosa que coincide más o menos con la explicación semioficial dada por Moncloa y reduce casi a la nada la participación del jefe de la Oposición, Mariano Rajoy en el proceso, en parte porque estaba ocupado –empujado por su ala más dura- en oponerse a todo y en parte porque Zapatero no le informaba.

   El libro, que consigue grandes dosis de interés y de buen contar en lo que toca al Gobierno y a sus negociadores, decae a la hora de explicar los acontecimientos desde el punto de vista de los protagonistas de ETA, cosa que es muy lógica porque las fuentes son menos accesibles, lo que hace que a la hora de hablar de Txeroki, Thierry o de Antza, y otros que parece que fueron los que acabaron llevando el agua del molino etarra a la ruptura de la negociación, la falta de información se traduzca en adjetivos repetitivos –sanguinarios, pistoleros, asesinos- que no favorecen a la credibilidad del, por otra parte, interesante capítulo dedicado a los duros de ETA. ¿Y qué fue de Ternera?, acaban preguntándose los autores del libro y nosotros también.
La segunda parte del libro recoge información muy útil sobre las anteriores negociaciones de los Gobiernos de Felipe González y de Aznar con ETA.

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