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De Baltasar Garzón a José Bono

De Baltasar Garzón a José Bono

   Presumo la inocencia de Baltasar Garzón, como la de cualquier otro imputado no condenado por los tribunales.

   Lo único que me perturba de los probables delitos de prevaricación es que siempre suele haber un Alfredo Pérez, El Bigotes, dispuesto a regalar un traje o un reloj para ver si él recibe en compensación alguna gabela. Por eso, también, sospecho de quien financia generosos cursos y conferencias como las de Garzón. Tampoco resultaron gratis los doctorados honoris causa recibidos hace años por el entonces banquero Mario Conde, quien paró de obtenerlos tras ingresar en la cárcel, aunque no dejase por ello de ser menos listo que el día anterior.

   Y es que nos hemos acostumbrado a que los favores, el amiguismo o la connivencia sean el pan nuestro de cada día, trátese de una caja de ahorros que condona la deuda de un partido político afín, que renueva el préstamo impagado por un consejero como Díaz Ferrán, o que financia obras ruinosas impuestas por el presidente autonómico de turno.

   No hace falta que ese tráfago de favores se materialice en el acto. El mero hecho de producirse viene a ser una especie de aviso o recordatorio: “Hoy por ti; mañana por mí”. Eso, aunque el recipiendario del favor sea más honesto que una virgen y nunca vaya a pagar con la misma moneda.

   Es lo que ocurre con José Bono, cuya declaración de bienes es de una transparencia prístina. Ahora bien: que haya recibido 700.000 euros por unas memorias no escritas es algo que no les sucede, ni juntos, a Pérez Reverte, Juan Marsé y Antonio Gala.

   Que semejante hecho pueda producirse sin que nadie se sonroje por ello da una correcta imagen de los parámetros morales en los que nos movemos.

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