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Imitemos de nuevo a Portugal

Imitemos de nuevo a Portugal

   Lo primero que ocurrió en Portugal, cuando se constató hace dos días que las agencias de calificación de la deuda ‘atacaban’, lo mismo que algunos influyentes medios de comunicación europeos y norteamericanos, la estabilidad económica de la nación, fue que el Gobierno llamó a la oposición y se reunieron para diseñar un plan conjunto de defensa del país frente a un peligro que Grecia no supo ni pudo conjurar. A la misma hora, más o menos, mañana del miércoles, Zapatero y Rajoy se llamaban ‘mentiroso’ en la sesión de control parlamentario por una diferencia en la interpretación –en ambos casos sesgada—de los datos económicos que nos afectan: el presidente del Gobierno ve siempre la botella medio llena, el líder de la oposición, medio vacía.

   En efecto: cuando Standard&Poor’s, en un golpe no suficientemente explicado, rebajó la deuda de los países ibéricos, el primer ministro portugués, José Sócrates, llamó de urgencia al presidente de la principal fuerza de oposición lusa, Pedro Passos Coelho, para mostrarse ambos unidos ante lo que consideraron un ataque especulativo contra el país. En España, en cambio, seguimos aguardando la famosa ‘cumbre’ de La Moncloa, anunciada hace meses por ambas partes, entre Zapatero y Rajoy. Me parece que ese encuentro, aplazado ‘sine die’ por razones jamás bien explicadas ni por los unos ni por los otros, ya no puede esperar más. Es urgente que se anuncie que los máximos representantes de casi veintidós millones de votantes españoles emprenden conjuntamente una ofensiva contra los ataques –no siempre justificados—externos y contra la desmoralización interna, que a mi juicio tampoco tiene, pese a todo, motivos suficientes.

   Nada me extraña que, ante este panorama de desinformación y de tensiones partidarias, el patio se llene de rumores, y hasta en los periódicos más solventes los columnistas más respetables se animen, ocurría este mismo jueves en un gran diario madrileño, a anunciar catástrofes imprecisas, que, pronostican, serían “de extrema gravedad para el sistema financiero español”. Como si este tipo de vaticinios, sin concreciones, no contribuyese a ennegrecer aún más los nubarrones en el horizonte. Circulan los libelos como dardos enloquecidos y el clima se adensa al son de insultos sin rubor que se escuchan, dirigidos contra jueces, contra sindicalistas, contra jefes de ejecutivos, presidentes de legislativos y líderes de la oposición, desde cada rincón, convertido en puesto de tiro para la caza.

   Un pésimo clima que precisa una llamada urgente a la concordia, a la moderación, al optimismo y al sentido común, que es, en esta España de aquí y ahora, el menos común de los sentidos. Y conste que no culpo solamente a los responsables del Gobierno y/o de la oposición y/o de los sindicatos o de las instituciones: creo que, ‘animados’ por una mala coyuntura económica, todos, todos nosotros, nos estamos lanzando por una pendiente que nos va a costar años remontar.

   Hace apenas cinco días se conmemoraba, desde un cierto silencio, un nuevo aniversario –el 36—de aquella ‘revolución de los claveles’ que devolvió la democracia a Portugal. Viví plenamente aquellos días, palpando la envidia de tantos demócratas españoles, sumidos aún en las penumbras del último franquismo, ante el paso dado por los vecinos. Ahora he vuelto a sentir esa envidia: ellos, al menos, se hablan, en lugar de tirarse las palabras a la cabeza.

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