Concluye formalmente, dentro de dos días, esa etapa, primero afrontada con entusiasmo, luego como un paréntesis, en la que España ha presidido la Unión Europea. No voy a insistir en lo que todos saben y han dicho, que ha sido un jarro de agua fría; lo importante es que ahora, con un mes de julio que siempre es noticiosamente fecundo en política, el país entra de lleno en la construcción de una nueva etapa, para la que ya están, mal que bien, colocados los ladrillos. Todas las miradas de este gran circo están puestas en el hombre que, sin red, hace equilibrios sobre la cuerda floja. ¿Se caerá sobre nuestras cabezas? ¿Logrará llegar con bien al otro lado? La verdad es que hay apuestas para todos los gustos.
No quisiera yo participar en esta 'porra', que bastante tengo con equivocarme en las que, con mis compañeros, hago ante cada partido del equipo patrio en el mundial de fútbol. Dejo, pues, los pronósticos para otros: lo mío es apenas el análisis de los datos sobre la mesa, y esos datos indican, para comenzar, que el mes que comienza esta semana va a ser, como mínimo, de infarto político. Pocas veces, desde que se implantó este espectáculo parlamentario, un debate en el Congreso de los Diputados sobre el estado de la nación, como el que se realizará a mediados de mes, se ha rodeado de tan intenso dramatismo, con una ciudadanía que reclama soluciones ya, que le expliquen las razones para los ajustes duros que se han puesto en marcha y que quiere ver si de verdad hay alternativas a esta situación de desesperanza.
Ignoro si el gran equilibrista nos prepara alguna sorpresa que distraiga al personal. Desde La Moncloa se filtran constantemente mensajes en el sentido de que, lo pida quien lo pida, no habrá remodelación del Gobierno. No y no. Y eso que cada día se constata, incluso desde el bando más amigo del Ejecutivo, que hay ministros, y hasta vicepresidentes, achicharrados, que las relaciones en el núcleo duro del poder son perfectamente mejorables y que los mensajes que se emiten desde ese poder están siendo, en general, bastante romos y poco interesantes.
Así que si la 'sorpresa' (que no lo sería: para mí, lo sorprendente es que ZP no lo haga) de una crisis de Gobierno está descartada, ¿qué es lo que toca? Me resulta difícil, con los escasos datos y el mucho hermetismo disponibles, imaginarlo: puede que Zapatero esté confiando, antes de dar algún nuevo salto mortal (que, pese a las declaraciones oficiosas, pudiera incluir el cese de algún ministro, quién sabe), en la llegada de buenas noticias.
Al fin y al cabo, ahí están esas expectativas de un cese más o menos permanente de las actividades de la criminal banda ETA. O esas recientes declaraciones del 'supercomisario' Joaquín Almunia, asegurando que lo peor de la crisis ya ha pasado. O la posibilidad de que una sentencia -¡al fin!- sobre el Estatut catalán haga que la opinión pública mire hacia otro lado, que siempre es preferible una polémica institucional que la constatación de los vaivenes en el campo económico. Siempre queda la esperanza para el optimista antropológico...
Así que ya digo: mejor no apostar acerca de por dónde irán los volatines del equilibrista. Sólo podemos estar seguros de que en este mes prevacacional no vamos a aburrirnos, no.
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