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¿Escala en Connecticut para ir a Toronto?

miércoles 30 de junio de 2010, 05:51h
Actualizado: 13/07/2010 04:03h

La verdad es que uno no deja de sorprenderse con las cosas alucinantes que le pasan en los aeropuertos estadounidenses. Sí, en esos que se supone que son mucho más seguros porque después del 11-S extremaron las medidas de seguridad. Pues bien, lo que me dispongo a contarles ocurrió el viernes por la tarde en la supuestamente hiper protegida Terminal 3 del aeropuerto JFK de Nueva York.

Salí de casa pensando que tenía tiempo de sobra para llegar al aeropuerto, pero un tráfico de narices para cruzar el imponente Whitestone Bridge que une el Bronx y Queens casi me deja en tierra. La hora prevista de salida eran las 8.00pm y a las 7.15pm todavía no tenía mi tarjeta de embarque. Una amable señorita en el counter de Delta me dijo que no lo lograría pero corrí lo más que pude para llegar a la puerta de embarque B23.

Sorprendentemente logré pasar rápido los controles de seguridad, cruzar el arco de metales sin que saltaran las alarmas y sin que el agente me pidiera que me quitara los zapatos y me desabrochara el cinturón. Al llegar a la puerta de embarque eran las 7.40pm y otra amable señorita me dijo que no me preocupara porque el vuelo a Toronto salía con retraso y todavía estaban embarcando los pasajeros de otro vuelo a a Hartford (Connecticut).

Finalmente el personal de la compañía anuncia el embarque. Un avión pequeño modelo CRJ 200 con capacidad para 50 personas en el que nos recibe una azafata muy amable que se presenta como Jennifer y que ayuda a los pasajeros a sentarse. Cordialmente me pregunta si me importa cambiar de lugar y compartir viaje con una madre y su hija pequeña de dos años en brazos. Cordialmente le respondo que no hay ningún problema y me asigna el 2C.

Falta un asiento

Otra mujer y sus dos hijos entran en el avión y después de recorrer el pasillo central y ver que les falta un asiento Jennifer les dice que lo lamenta mucho pero que se han quedado sin lugar. Que disculpen las molestias pero que deben abandonar el avión. La cara de mosqueo de la mujer era más que evidente. Ya eran las 9pm y todavía seguíamos sin despegar. Jennifer nos avisa por el altavoz que lamenta el retraso pero que ya estamos a punto de salir.

Uno que es curioso decide entablar conversación con su compañera de viaje. Ya estoy sentado en el 2C y con el cinturón abrochado. ¿Es la primera vez que vuelas con ella?. No te preocupes si llora porque yo también tengo niños pequeños. ¿Será posible que salgamos de una vez?. La niña está muy inquieta. ¿Y a qué vas a Toronto?, le pregunto. ¿A Toronto?, responde ella sorprendida. ¿Entonces tienes escala?. Yo voy a Hartford a ver a mis padres.

Se podrán imaginar la cara de póker de la azafata cuando le preguntó si ese era el vuelo que va a Hartford. Jennifer salió disparada a la cabina y unos segundos después tomó de nuevo el micrófono para anunciar sin perder la sonrisa que volábamos a Toronto. La mujer y su niña pequeña abandonaron el avión y unos veinte minutos después volvieron la otra madre y sus dos hijos. Cerradas las puertas a las 9.30pm, hora y media después de lo previsto, iniciamos el despegue.

Al final compartí la hora larga de vuelo hasta Toronto al lado de Guido Mantega, ministro de Hacienda de Brasil, que había hecho escala en Nueva York para encabezar en Toronto la delegación de su país después de que el presidente Lula cancelara su asistencia en la Cumbre del G-20.

Esa noche Delta tuvo la gentileza de no cobrar a los pasajeros por las bebidas. “Este es un vuelo muy especial y las consumiciones serán cortesía de la casa”, nos dijo Jennifer por el micrófono. “Pero solo uno por persona, por favor”.

lopezromero@gmail.com

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