Hace unos meses se publicó en varios diarios de EEUU y Europa un supuesto reporte del instituto Lovenstein, que señalaba que el presidente George Bush (h) es el menos inteligente de todos los mandatarios de ese país en 50 años, con un CI de 91, frente a Bill Clinton, el más brillante de todos, con un CI de 181. Lo más grave del supuesto reporte no es que resultó ser falso —una broma de un blog contrario a Bush— sino que todos se lo creyeron.
Los psiquiatras advierten que la inteligencia no es una, sino varias: existen personas cultas que son opas; personas sin educación que son brillantes; personas que desarrollan complejos esquemas matemáticos, pero no saben amarrarse los cordones; personas que comprenden todo lo que sucede a su alrededor, pero no pueden construir relaciones personales. Sólo algunos privilegiados concentran todas las inteligencias.
¿Cuáles serían los resultados si se hiciera un estudio sobre la inteligencia presidencial de Bolivia? Veamos algunos casos: Hugo Banzer no tenía agudeza o profundidad, pero sí —por lo menos en su primer gobierno— sentido común y tesón. Carecía de inteligencia en unas áreas y la exhibía en otras. Pero le pesaba la historia. Para liberarse de su estigma de “dictador”, su segundo gobierno fue débil, se rodeó de algunos colaboradores patéticos y no supo desembarazarse de una familia política incomodísima. Con otro yerno quizás las cosas no hubieran sido tan desagradables.
Hasta 1997, Gonzalo Sánchez de Lozada parecía demostrar una mirada de largo plazo, de amplio alcance. Sus seguidores señalaban que se debía a su formación de filósofo. Pensaba genuinamente que un modelo liberal podía sacar a Bolivia del retraso y la pobreza, pero nunca entendió al país: una persona sobresaliente como él para enfrentar reformas integrales y profundas no podía ver más allá de sus narices en el día a día. Su segunda gestión fue desastrosa por varias razones, pero especialmente por su incomprensible dependencia psicológica de Carlos Sánchez Berzaín.
Otros dos ex presidentes que terminaron mal son Jorge Quiroga y Carlos Mesa: el primero tiene inteligencia para crear esquemas y planes, pero falla en el olfato: después de terminar su gestión con nota elevada, todo lo que hizo fue de mediocre a malo. Creyó hasta el final que el neoliberalismo podía resultar exitoso, pensó que con desaparecer de escena la población le rogaría volver al poder, y tenía la seguridad de que, enfrentado en una elección, derrotaría fácilmente a Evo Morales. Por su parte, Carlos Mesa es el más brillante orador que haya pasado por estos lares en muchos años. Denle una idea y se echará un discurso de una hora sin fallar ni en puntos ni comas. Su comprensión del país se lo da su profundo conocimiento de la historia, pero se equivocaba en las cosas más fáciles: por ejemplo, cayó tontamente en las manos de los sagaces Hormando Vaca y Mario Cossío, que le dijeron que, si retiraba su renuncia presidencial, ellos le darían todo. Posiblemente 99 sobre cien personas se daban cuenta en la calle de que lo estaban engañando, menos él.
Evo Morales debe de ser el político con mayor intuición, olfato y perspicacia de los que se han sentado en la silla mayor del Palacio. En su larga carrera de dirigente sindical aprendió a decidir cuándo atacar, replegarse o aliarse. Estuvo contra las cuerdas en varias ocasiones, pero salió incólume y fortalecido de todas. Sin embargo, su inteligencia no es integral. Podría tener a la clase media en sus manos sólo con un gesto o dos; podría haber vencido la batalla en Santa Cruz respaldando la autonomía; podría ser un líder continental con menos pose y más piense. Es el sino boliviano.