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Gabriel Elorriaga F.

Nación, deporte y dinamita

Nación, deporte y dinamita

Las Naciones-Estado, entre las que España es una de las más antiguas, son un producto de la Historia, del Derecho y la Cultura política y no de antecedentes legendarios, folklores o razas. Frente a esta realidad capaz de congregar a millones de personas en torno a grandes objetivos solidarios, los llamados hiperbólicamente nacionalismos tratan de disgregar su consistencia manipulando sentimientos primitivos de identidad, intereses locales o vanidades de vecindario.

Frente a estas estrategias corrosivas, las Naciones-Estado cuentan con la fuerza de la solidaridad social, las ventajas de la unidad de mercado, los instrumentos de defensa y de seguridad común, las relaciones internacionales soberanas y debieran contar, además, con la formación escolar. Pero, además de los instrumentos de integración racional existe el orgullo patriótico provocado por el papel eminente de cada nación, sus triunfos, sus conquistas, sus descubrimientos, sus creaciones artísticas y literarias y, en nuestros días, de forma muy destacada, el deporte.

Fue, por ello, natural la explosión españolista provocada por el fútbol con ocasión del campeonato mundial. Este fenómeno de apariencia trivial, que alguien calificó como “lo más importante de lo que no es importante”, ha exaltado la valoración sencilla y directa de pertenencia a una entidad nacional de categoría y los símbolos que la representan. Por ello puede afirmarse que el fútbol ha contribuido a la renacionalización de las masas y, especialmente, de las nuevas generaciones, cuando más falta hacía, en momentos de crisis institucional y económica. Miserablemente esta valiosa aportación puede desperdiciarse por la ausencia de un liderazgo político digno de la nación española.

A la referencia elusiva a “la bandera que vosotros defendéis” del Presidente Zapatero, no le faltó mas que añadir y que yo no defiendo como es debido como Jefe del Gobierno de un Estado elegido de acuerdo con su Constitución. Un presidente que se manifiesta predispuesto a meter dinamita en las grietas de la arquitectura constitucional del Estado, prefiriendo estimular los rodeos de unos demagogos de escaso calado popular que se sienten poco o nada españoles en vez de respaldar enérgicamente la doctrina del Tribunal Constitucional del Estado-Nación a que está obligado en razón de su cargo es uno de los espectáculos más lamentables e irresponsables de nuestra Historia. Desde el concepto de nación “discutido y discutible” hasta la nueva idea de nación extrajurídica no hay nada improvisado ni inocente. Es un impulso egoísta y dinamitero nacido de un resentimiento patológico que ni siquiera tiene el atenuante de las cadencias regionales nativas.
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