La alimentación consiste en la obtención, preparación e ingestión de alimentos de forma voluntaria, consciente. La nutrición -conjunto de procesos fisiológicos mediante el cual los alimentos ingeridos se transforman y se asimilan- es un proceso totalmente involuntario. Por ello es tan importante comer con fundamento, es decir, saber alimentarnos para poder nutrirnos bien.
Personalmente aspiro, para mí y para todos los habitantes del planeta, consumir productos, tanto agrarios como ganaderos, en los que se haya prescindido de la utilización de pesticidas, fertilizantes y aditivos, con el objetivo de obtener alimentos naturales y con todas sus propiedades nutritivas, minimizando así, al mismo tiempo, los efectos negativos sobre el medio ambiente. Actuar de esta manera se conoce como Agricultura Ecológica y muy recientemente se ha diseñado un nuevo logotipo - las 12 estrellas blancas de la Unión Europea forman la silueta de una hoja sobre un fondo verde- reservado para identificar a los alimentos procedentes de este tipo de agricultura.
Los alimentos ecológicos cubren una amplia gama, desde frutas y hortalizas frescas, hasta miel, carnes, conservas, queso, embutidos, aceite y vino. El Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino (MARM) señala que, además de los controles oficiales que se efectúan sobre todos los alimentos, los procedentes de la Agricultura Ecológica son objeto de una certificación adicional que garantiza la autenticidad de su origen ecológico. Sospecho que, en general, los precios de estos alimentos pueden ser, actualmente, algo más caros que los de la agricultura no ecológica. Lo deseable sería que desapareciese esta diferencia y todos tuviésemos fácil acceso a una alimentación sana a un precio asequible. A la Administración corresponde ayudar a minimizar esta diferencia -por ejemplo, ofreciendo ventajas fiscales a las empresas que así actúen-, beneficiando así no solo al medioambiente, sino a la salud de todos los ciudadanos. No hacerlo puede resultarnos, a todos, más caro.