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La España saharaui, el Gobierno temeroso

La España saharaui, el Gobierno temeroso

La cuestión saharaui se está tratando, quizás, con demasiada tensión -como por otra parte es lógico-, pero también con mucha demagogia. Es cierto que hay cosas que están por encima de la diplomacia y la política. Hablo de la justicia con los pueblos sin Estado, kurdos, palestinos, saharauis... Pueblos que pagan en el desierto, sin calidad de vida ni opciones de progreso, las guerras del pasado y las injusticias del presente.

Los organismos internacionales reconocen sus causas, sí... Pero que le digan a los palestinos, por ejemplo, de qué les ha servido el apoyo de la ONU. Todos saben que Israel sigue siendo dueño y señor del territorio, ejerciendo de guardián de occidente frente al Islam en ese enclave. Como premio, recibe continuos beneficios económicos. Sin ir más lejos, para continuar con los diálogos a tres bandas, Israel se acaba de conseguir que les vendan unos cuantos aviones de guerra.

El caso saharaui nos es más cercano, aunque sea menos mediático que el palestino. Un pueblo abandonado en el desierto, sin un territorio reconocido, y mucho menos una autonomía y un Estado propio. Y lo peor no es que Marruecos no conceda la independencia a estos territorios y a este pueblo. Eso sería un mal menor. Lo malo son las condiciones en que hace vivir a este pueblo.

La nueva crisis originada en El Aaiún por el campamento 'ilegal' de los saharauis ha terminado de destapar la mano extremadamente dura de Marruecos, que no ha dudado en usar la violencia a un nivel despiadado. Y también es muy negativo que, como es habitual en estos casos, la violencia despierte más violencia a cambio. En concreto, la de grupos más radicales del lado saharaui. Algo que no es del todo reprochable, porque termina siendo la reacción natural en estos casos.

Y como agente de mediación, pero más bien como espectador de lujo, está España. Nuestro país tiene una difícil papeleta, digámoslo desde este momento. No es fácil para un gobierno, sea del color que sea, declarar la enemistad a Marruecos por el trato que dirige a los saharauis y no esperar una repercusión en sus relaciones. Máxime cuando es clave que esas relaciones sean buenas para que el comercio, las relaciones fronterizas y el bienestar de miles y miles de españoles y marroquíes que viven en suelo vecino, marchen con buen pie.

Ahora bien: una cosa es la diplomacia y la otra es la ceguera. El mirar siempre hacia otro lado. Trinidad Jiménez, la nueva ministra de Exteriores, que ha tenido un debut de lo más complicado, acaba de decir este lunes que "España siempre defiende la libre autodeterminación del pueblo saharaui". Bien. Pero aunque pueda sonar muy duro, las palabras pronunciadas por ella misma el pasado viernes, tras el Consejo de Ministros, me recuerdan mucho, lamentablemente, a las típicas de los batasunos, cuando dicen  aquello de que lamentan los atentados de ETA, pero sin condenar el uso de la violencia.

Pues eso: la ministra lo lamentó, pero no condenó la violencia de Marruecos porque, dijo Jiménez, "habría que tener un conocimiento de los acontecimientos". En eso tiene razón. Desconocemos mucho, porque al Sáhara lo tenemos abandonado.



Pablo M. Beleña
Director Diariocrítico.com
 
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