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Túnez: los muertos no volverán a votar

Túnez: los muertos no volverán a votar

sábado 02 de abril de 2011, 18:54h
Dos meses y medio después del abandono inelegante del poder y del país el 15 de enero por Ben Alí los tunecinos pueden estar seguros de que los muertos no volverán a votar a favor de ningún presidente. Al menos por el momento, y no en cualquier caso en la consulta del próximo 24 de julio para la elección de la asamblea constituyente que debe elaborar la constitución de la que será II República tunecina. Entre los muchos descubrimientos de la Comisión que investiga los crímenes y la corrupción del régimen de Ben Alí, dos han parecido particularmente odiosos a los comisionados: la utilización de muertos para que vivos pudieran añadir votos al presidente en las pasadas elecciones presidenciales, y la obligatoriedad de afiliarse al partido del ahora expresidente para obtener la tarjeta de elector, útil en Túnez incluso para obtener un trabajo. Aunque la Constitución y los “usos y costumbres” garantizaban a Ben Alí que no tendría competidores en la carrera a la presidencia, los dictadores tienen todos su coranzoncito y no quieren que sus pueblos les expresen su amor con menos del 98 o 99 por ciento del voto. Una de las primeras decisiones de la Comisión que prepara la transición  democrática en Túnez, que lleva el “breve” nombre de  “Instancia Superior para la Realización de los Objetivos de la Revolución, de la Reforma y de la Transición democrática”, fue el desmantelamiento del partido Rassemblement Constitutionnel  Democratique, RCD,  del presidente Ben Ali. Con dos millones de militantes –Túnez tiene diez millones de habitantes- obtenidos de la manera expeditiva antes citada, el RCD se había convertido en la práctica en un partido único y en el soporte principal del régimen. Otra decisión de la Comisión fue que nadie relacionado con el anterior régimen formase parte de ella, lo que ha sido una dificultad para su constitución como era lógico de esperar de un régimen que estuvo en el poder 24 años continuados. Mientras los líderes europeos descubrían de la noche a la mañana hasta qué punto el amigo Ben Ali les tenía engañados, la mayor parte de los miles de tunecinos que trabajaba en Libia y que la guerra dejó sin trabajo, no quiere regresar a su país en vía, al menos hipotética, de democratización. Paralelamente en Túnez, la carrera de político ha vuelto a ser una de las más apreciadas probablemente por las expectativas de salidas laborales que ofrece. Cuarenta y cinco partidos ya habían sido legalizados a finales de marzo y otros cien aguardaban legalización. Quizá como consecuencia de esa fiebre partidista, la Comisión encargada de preparar la ley electoral para llamar a las urnas el próximo 24 de Julio lleva ya más de dos meses debatiendo sin acuerdo sobre qué modo de escrutinio adoptar, si el uninominal a dos vueltas, o el de listas a la proporcional. Los comisionados temen que ninguno de los dos pueda evitar, dada la fragmentación de la escena política tunecina, que en la Asamblea no surja una mayoría suficiente para gobernar. Por el momento en Túnez se vive ese periodo de revancha casi humana que sigue a toda dictadura: de empresarios e industriales perjudicados por el favoritismo del régimen con sus allegados que presionan para que todo el entramado Ben Ali sea juzgado; de los numerosos políticos que Ben Alí forzó al exilio que han regresado, incluidos los líderes integristas de los dos últimos años de la Presidencia de Habib Burguiba, que es como decir los dos primeros de Ben Ali. Rachid Ghannouchi, líder del Movimiento de la Tendencia Islámica, y Abdelfatah Murú, de la Ennahda (Renacimiento) están de nuevo en la escena política, aunque con un nuevo “look” y predicando el uso de la corbata y el afeitado a sus militantes cuando la ocasión lo exige, y con un nuevo lenguaje tranquilizador y seductor destinado a recuperar a sus partidarios. En concreto Murú ha dicho que incumbe los líderes religiosos decir a los creyentes qué está bien y qué está mal, pero que lo demás es un asunto que compete a la conciencia de cada cual. El pensador Mohamed Talbi, autor de un famoso folleto titulado “Sólo el Corán obliga” también se ha unido a este integrismo que a pesar de su nuevo discurso no deja de inquietar sobre todo a las mujeres. Con razón porque alguno de ellos no ha podido dejar de decir que quieren el restablecimiento del Califato y la poligamia, dos propuestas chocantes en Túnez que fue el primer país árabe que la abolió desde los primeros tiempos de  Habib Burguiba. Las mujeres han recordado en estos días de revolución que ellas son más que los hombres y cuentan con más diplomas universitarios que ellos, pero que solo hay dos mujeres ministras y una secretaria de estado, ninguna al frente de ningún partido político, ni gobernadora, ni en otros cargos. También se impacientan los jóvenes que salen de nuevo en manifestación para pedir a los políticos que se dejen de polémicas politiqueras y que rápidamente concreten medidas pues lo que a ellos les urge es trabajar. Aunque resulta difícil saber hasta qué punto la revolución ha afectado a la economía tunecina, algunos economistas evaluaban el coste de la guerra en Libia para Túnez a mediados de febrero en unos 2000 millones de euros, el equivalente al 4 por ciento del PIB. En especial a la industria turística que contribuye en un 10 por ciento al PIB y es una fuente importante de ingresos en divisas y puestos de trabajo. Según estadísticas oficiales de enero a mediados de febrero habían entrado en Túnez 276000 turistas contra 552000 en el mismo periodo en 2010. Las medidas relacionadas con los fondos libios también perjudican a Túnez en donde Laico y Lafico, dos filiales de la Lybian Investment Authority poseen una veintena de hoteles. Sin contar con otras muchas inversiones de los fondos soberanos libios en la industria del petróleo y sus derivados, y en otros sectores. El futuro inmediato de los tunecinos parece estar en una ilusión y una utopía. La ilusión del primer ministro Beji Caïd Essebsi que dice que Túnez debe crecer un 8 a 9 por ciento para restablecer su economía, y la utopía de algunos medios de prensa que han sostenido que Túnez debe tener prioridad en la reconstrucción de Libia, y han recordado que en Libia trabajaban un millón de trabajadores procedentes en muchos casos de países lejanos, mientras que Túnez, a un paso, puede proporcionar a Libia esa mano de obra cualificada o no, con lo cual resolvería su importante problema de desempleo. Otros artículos de este autor: La revolución árabe se generaliza: ¿ayuda a todos o ayuda selectiva? 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